Entrevista al padre Ibrahim Alsabagh

Entre acto y acto robamos tres minutos del padre Ibrahim Alsabagh, que vive en Alepo (Siria), donde vive el horror cada día, y podemos hacerle una pregunta importante.

Una sola pregunta: ¿Cómo hacéis para vivir vuestra fe en un entorno tan hostil como Alepo?

Ciertamente, la situación allí en Alepo es un infierno. Si queremos un poco buscar,intentar imaginar, describir, el infierno… Nosotros vemos realmente que la situacion ahí es un infierno, una situacion de desesperación total donde faltan las condiciones mínimas para la gente. Vivir bajo bombardeos durante años, vivir sin comida, sin agua – la última vez que se fue el agua fue durante 70 días -; vivir sin medicinas, sin asistencia sanitaria, con los precios por las nubes. Si hace falta buscar un titular que describa todo eso, puedo decir: “el infierno”.

Es sólo la presencia del Señor en este infierno lo que consigue  transmitir y hacer que esto sea un reino de los cielos. El sufrimiento, entonces, no es motivo de desesperación, sino que se convierte en un motivo para abrirse completamente al hermano que esta sufriendo como yo, y, a lo mejor, más aún; e intentar por todos los medios posibles ayudar al otro. Allí en medio del infierno de Alepo, en el fuego ardiente, hemos visto al Señor paseando en medio del fuego con su gente. Sentimos una gran fuerza: una fuerza que viene de la resurreccion de Jesús, una fuerza que emana alegría y paz, como hemos escuchado estos últimos dias, sobre todo con la fiesta de la vigilia pascual, con la celebración del Domingo de Resurreccion.

No obstante todos los límites, con la oración, con la gracia que llega de Él, con el camino que viene abierto a través del Espíritu Santo, conseguimos no sólo tener alegría y paz en el corazón, sino que también logramos transmitir esta alegría y esta paz de la Resurrección a todas las personas que nos rodean. Conseguimos transmitir esto, no a través, primero, de la palabra de Dios – fuente de alegría – sino mediante el socorro humanitario que conseguimos transmitir a la gente. Y luego, además, por medio de la palabra y de los sacramentos. Nuestro monumento es Cristo. Sin Cristo nadie consigue permanecer allí en Alepo; ni siquiera yo sería capaz de permanecer ni de pensar en positivo; no podría, tampoco, hacer todo lo que estoy haciendo.

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