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Entrevista al padre Mauro Lepori, abad general de la orden cisterciense

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El carisma benedictino siempre ha subrayado que la fe tiene que ver con todo lo humano: trabajo, cultura, arte, derecho… La vida de los monasterios mostró eso al mundo. Hoy, en la sociedad secularizada, ¿qué valor tiene mostrar ese vínculo a través de gestos como EncuentroMadrid?

Creo que la importancia de estos gestos, de estos momentos, es mostrar la unidad de todos los elementos de lo humano y cuál es el centro de esta unidad. Ver cómo Cristo, el encuentro con él, la relación con él crea unidad; sobre todo, entre las personas. Creando unidad entre las personas, crea unidad en la persona, en todas sus expresiones. Creo que es un buen ejercicio es tener momentos, encuentros que son un ejercicio de esta unidad, que son como un ponerla en acto, no tanto para mostrarla como resultado, sino como experiencia, como un ejercicio de unidad de toda experiencia humana cuando está centrada en el acontecimiento de Cristo.

¿Existe un paralelismo entre el momento del hundimiento del Imperio Romano, cuando comienza la aventura benedictina, y el actual momento de crisis cultural y espiritual en Europa? ¿Qué nos enseña hoy el método benedictino?

Seguramente es cierto que la época que vivimos es muy similar; al menos en lo negativo se le parece. También en la época de san Benito se veía caer un mundo y no se sabía lo que vendría después. La gente no sabía qué esperar, qué construir. Y creo que el valor de san Benito es que construyó educando a las personas a través del presente. Me parece que la gran tentación cuando empieza a derrumbarse una época es o vivir de la nostalgia del pasado, o temer el futuro y olvidar el presente. San Benito en el fondo no se preocupó ni por el Imperio que caía, ni por el mundo que estaba por llegar: se preocupó de vivir; de vivir el presente con intensidad y belleza, educando a los monjes y, por tanto, a la sociedad, a vivir el presente construido por la presencia de Cristo, edificado por Cristo. Edificando la comunidad, buscando a Dios ahora, a través de la búsqueda de Dios, de la oración, de la caridad fraterna, se realiza el nexo del presente y lo eterno, que es, en el fondo, la dimensión que salva toda época, toda crisis; que salva al hombre en todo momento; incluso cuando todo se está derrumbando, el hombre es salvado por el acontecimiento de Cristo, que une el momento presente que vivo con lo eterno, y por tanto, da valor e intensidad a lo que vivimos. Por eso, en cierto modo la crisis se resuelve ahora; no tenemos que esperar a que dentro de 200 años llegue una nueva sociedad, sino que puedo vivir ya ahora una plenitud.

Los Papas Benedicto y Francisco nos invitan a salir, a ir al encuentro de quienes ya no se reconocen en la tradición cristiana. A su juicio, ¿qué connotaciones debe tener el diálogo que podemos plantear en el seno de EncuentroMadrid?

Pienso que el diálogo es importante para nosotros como búsqueda y profundización de nuestra fe. Entrar en relación con quien es diferente, con lo que parece distinto de la fe, es importante, precisamente, para verificar la verdad de lo que vivimos. Verificarlo para nosotros, antes que preocuparnos por transmitir o propagar nuestra fe; descubrir en el encuentro con el otro cómo Cristo abraza todo, cómo Cristo es la verdad que dialoga con toda verdad; y en esto se afirma y se anuncia. Cristo se edifica en el diálogo con todo. Porque en el encuentro con lo que es distinto se afirma el valor, el fundamento y la profundidad de la verdad de Cristo.

La paciencia, la confianza y la espera han sido características de la experiencia monástica, pero hoy nos cuestan mucho a los hombres de la época tecnológica y del individualismo. Enseguida tendemos a cansarnos o a medir nuestros intentos en términos de éxito. ¿Qué nos sugiere en este sentido a quienes participamos en la construcción de EncuentroMadrid?

Pienso que la mejor definición de la paciencia, al menos como nos la enseña san Benito, es un amor por la realidad presente; es decir, un respeto, una capacidad de valorar lo que hay, lo que se vive, en lugar de esperar siempre de un futuro el valor del momento que vivimos. Porque, de hecho, lo que da valor al momento presente es lo eterno, que ha entrado en el tiempo. Y esto libera. Porque cuando estás demasiado determinado por el resultado y el éxito de lo que hacemos, o por el futuro, o por lo que conseguimos, no somos libres de vivir lo que tenemos. San Benito habla de estar contentos. En realidad, el secreto de la alegría es estar contento de lo que uno tiene y vive ahora. Y eso en el fondo es fecundo, hace crecer también el presente, lo hace más fecundo: más abierto a una fecundidad. San Benito no busca el éxito, sino la fecundidad que Cristo da a la alegría por lo que se nos da.

La próxima edición de EncuentroMadrid, que se celebrará en abril de 2017, lleva por título ‘Heridos por la belleza’. ¿Hiere la belleza?

Creo que la belleza hiere porque nos reclama a algo que rechazamos, que hemos perdido o que creemos haber perdido. Nos hiere porque nos revela una distracción; es decir, que nosotros no vivimos siempre ante la belleza. Yo de pequeño una vez que volví a casa después del colegio le dije a mi madre lo fea que era la madre de una compañera mía; y ella me dijo: ‘Mira, Mauro, toda madre es para su hijo la más guapa del mundo’. Esta frase me hirió mucho, porque me di cuenta de que yo había herido la belleza, de que no la había acogido; la belleza es algo que supera el esteticismo y está ligada al amor. Así que la belleza nos hiere porque nos reclama a un amor traicionado. Creo que, en el fondo, toda forma de belleza nos reclama a lo que perdió Adán con el pecado original. Es una nostalgia que llevamos dentro y que sólo Cristo resuelve. Cuando estamos delante de algo bello – la naturaleza, una obra de arte – que nos hiere porque no conseguimos alcanzarlo, poseerlo, que provoca que nuestro corazón reclame algo infinito que nos parece que no poseemos…, sólo encontrando a Cristo podemos saber que esta belleza se nos ha dado y podemos vivirla. Cristo, además, nos lo manifiesta en el rostro del  crucificado, en el rostro de Aquél que nos parece feo y en quien, sin embargo, la caridad es tan grande que es la belleza más grande. La cruz es la mayor belleza que se ha mostrado al mundo.

En su opinión, ¿por qué hoy los museos sustituyen a los templos y a menudo el arte ocupa el lugar de la dimensión religiosa?

Quizás sea verdad, y en cierto sentido me alegra, porque significa que la belleza está atrayendo a la gente a volver al templo. Porque, en el fondo, el primer templo es nuestro corazón, en el que habita el Espíritu Santo, que contiene las imágenes de Dios y que debe cumplirse en el encuentro con Dios…; por lo tanto, cuando veo que la gente se siente atraída por la belleza, pienso: ‘Mira, Dios está llamando a sus hijos al templo, a vivir en el lugar sagrado de la relación con él, de la belleza total que es Cristo’. De modo que es consolador que en un mundo tan feo, en el que hay tanta traición de la belleza en todo: en la laicidad, en la convivencia humana… aparezcan películas y obras de arte que atraen a millones de personas. Y dices: ‘Mira, es verdaderamente el corazón, el templo de Dios, el que vuelve a cautivar a través de la belleza’. Es como ver a la gente volver al templo y antes o después volverán a los templos que hoy nos parecen abandonados.

¿Qué relación hay entre la necesidad de misericordia – aunque sea ocultada bajo la pretensión de autosuficiencia – del hombre contemporáneo y la belleza?

Dostoievski ha dicho: ‘La belleza salvará el mundo’. Yo diría que la misericordia salvará el mundo, pero justamente porque la misericordia es la verdadera belleza. La belleza del Padre. Cuando Jesús dice: ‘Yo soy el buen pastor’, en griego se puede traducir también como ‘Yo soy el bello pastor’. Es decir, la belleza del padre bueno, del pastor bueno que busca al pecador, lo perdona y lo abraza: no hay nada más bello. La belleza es lo que llena el corazón de significado, de sentido de la vida. Así que pienso que la belleza y la misericordia en Cristo se han unido, están juntas, para salvar al hombre, que es la criatura más bella que Dios ha creado. Y la misericordia que toca el corazón y lo lleva hasta Dios salva la belleza del corazón; salva la belleza en la belleza de Dios. La belleza del hombre en la belleza de Dios.

Heridos por la belleza

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EncuentroMadrid 2016 miró a la cara la crisis del viejo continente bajo el lema Europa, un nuevo inicio. En tres días de debates, conferencias, exposiciones y conciertos abrimos un diálogo profundo sobre las posibilidades de que nuestro continente recobre impulso desde su raíz más profunda.

EncuentroMadrid vuelve a la primavera madrileña, esta vez con el lema Heridos por la belleza.

De la crisis de Europa a la belleza. Podría parecer, a primera vista, un cambio de tercio insólito, un giro de lo social a lo puramente estético. ¿Qué tiene que ver la crisis de Europa con la belleza? ¿Por qué hablar de la belleza en un momento histórico como el presente? La pregunta no es ni insensata ni nueva. A ella intentaba responder, en su diario, Albert Camus: “Ningún pueblo puede vivir fuera de la belleza. Puede sobrevivir durante algún tiempo, pero eso es todo. Europa –insistía el Premio Nobel– se aleja cada vez más de la belleza y es por eso por lo que se convulsiona, es por eso por lo que morirá si la paz para ella no coincide con el retorno a la belleza”.

Volver a la belleza no es una afición de estetas o una cuestión sentimental. La belleza, en todas sus formas –la belleza de un atardecer o de un acto de caridad, la de una pieza de música o de un teorema matemático– suscita en nosotros una atracción y, a la vez, abre una herida. Lo expresaba bien Joseph Ratzinger en el Meeting de Rímini en 2002: “La belleza hiere, despierta la nostalgia por lo indecible y, de esta manera, recuerda al hombre su destino último”.

La belleza, cuando aparece, nos apasiona y despierta las preguntas más importantes de la vida, las que tienen que ver con su “destino último”; saca a la luz lo humano que hay en cada uno y nos abre de par en par a los otros.

A esa apertura a la que nos invita la belleza hacía referencia el Papa Francisco en noviembre de 2015 cuando hablaba de la belleza que no tiene ocaso y criticaba la “idolatría de la inmanencia”, que nos cierra y que se detiene en la belleza “sin un más allá”.

En un momento histórico de desconcierto político, económico, social y personal, ¿puede la belleza de una experiencia humana abrirnos a la esperanza, al encuentro y a la creatividad social?

Este es el reto al que EncuentroMadrid quiere enfrentarse en esta edición 2017.

J. J. Gómez Cadenas: “La ciencia no puede resolvernos el problema de qué hacemos en este mundo, pero nos da herramientas para intentar comprender”

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Antonio González-Martín, profesor de Antropología física, Juan José Gómez Cadenas, Profesor de Investigación en el CSIC, y Juan Arana, Catedrático de Filosofía, han mantenido un vivo diálogo en EncuentroMadrid sobre ciencia y religión.

Al hilo del manifiesto de la Asociación Universitas (escrito con ocasión de las reacciones suscitadas tras la publicación en el BOE del temario de la asignatura de religión) los ponentes han comentado la inevitable tensión entre fe y razón. Juan Arana comenzó su intervención recordando que “no siempre se ha dado este conflicto en la historia del pensamiento europeo. No hay que olvidar -como ha recordado Benedicto XVI en numerosas ocasiones- el ímpetu racional que movió al cristianismo desde el siglo I. Es en el siglo XIX donde la colaboración entre ciencia, filosofía y religión pasa a convertirse en una confrontación explícita entre ciencia y religión”.

El profesor Antonio González-Martín, ante este mismo dilema, ha insistido en la “oposición radical entre el método de la ciencia y el de la religión”. Por el contrario, J. J. Gómez Cadenas, ha querido resaltar los puntos de conexión: “no es el método científico quien tiene la exclusiva sobre el conocimiento de la realidad. No existen hombres religiosos y no religiosos. Todos, de alguna manera, profesamos una religión. El problema, en realidad, es a cuál nos adscribimos. Todos los hombres utilizamos un conjunto de ideas y valores para explicarnos a nosotros mismos”. La ciencia, en este sentido, “no puede resolvernos el problema de qué hacemos en este mundo, pero nos da herramientas para intentar comprender”. El responsable del conocido experimento NEXT ha concluido con una declaración de principios: “Sigo abierto a la duda y a intentar entender”.

Respondiendo a la pregunta realizada por José Díaz, Catedrático de Biología en la UCM, acerca del sentimiento de sorpresa y desproporción que experimentan los científicos al aproximarse a la realidad, el genetista Antonio González-Martín ha reconocido el carácter limitado de toda aproximación científica: “La ciencia no hace aseveraciones absolutamente ciertas. Nos aproxima al objetivo o a la resolución más plausible. No podemos desterrar totalmente la incertidumbre. Lo que más me satisface como científico es aproximarme a una respuesta”.

Juan Arana ha querido retomar alguna de las afirmaciones de los ponentes, proponiendo “una caracterización de la religión más adecuada. La religiosidad exige una respuesta total, aunque sea asumiendo un gran riesgo de equivocación. La ciencia, si quiere ser fiel a sí misma, no debería mirar con recelo este noble intento por buscar una respuesta total. Cada cual tiene que aprender de sus errores y mirar al otro con curiosidad y atención”.

Para concluir estas reflexiones, Gómez Cadenas ha querido resaltar “el asombro que nos deja estupefactos ante la realidad del Universo”, al mismo tiempo que subrayaba la dificultad del trabajo de los genetistas y biólogos, que se topan una y otra vez “con la extraña condición humana, llena de belleza y miseria, de tensión entre un mecanismo prodigioso y el intento constante de superar nuestra condición de máquinas”.

Para concluir, los tres ponentes han reflexionado acerca del papel de la ciencia en el marco europeo actual. “Es evidente que la ciencia no puede darnos una respuesta moral a los desafíos que hoy llaman a la puerta de Europa, empezando por la crisis de los refugiados”, ha recalcado con decisión el profesor Cadenas. Al mismo tiempo que no podemos negar los éxitos de la ciencia, “tenemos que ser precavidos”, como ha expresado el profesor Juan Arana: “Necesitamos una ciencia más humana y un desarrollo humanista que no desconfíe de la ciencia. El papel de la religión me parece fundamental para salvar esta distancia. Necesitamos con urgencia colaborar entre nosotros”.

El profesor Díaz ha concluido el acto recordando la necesidad de “cultivar el atractivo que la realidad suscita en nosotros; atractivo que es el motor de la ciencia y de la vida humana. La realidad, al ofrecerse, no deja de mostrarnos su carácter insondable y misterioso”.