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Lepori: “La belleza hiere porque no se puede abrazar sin morir a uno mismo”

El lema de EncuentroMadrid 2017, “Heridos por la belleza”, plantea una serie de interrogantes que el abad general de la Orden Cisterciense, Mauro Giuseppe Lepori, ha respondido en el acto principal de esta XIV edición: ¿Qué es la belleza y dónde podemos encontrarla? ¿Por qué nos hiere? ¿Se puede vivir de espaldas a ella?

El padre Mauro Giuseppe Lepori, filósofo, teólogo y abad general de la Orden Cisterciense desde 2010, ha sido el encargado de explicar el lema de la XIV edición de EncuentroMadrid 2017, “Heridos por la belleza”, y lo ha hecho intercalando preguntas a lo largo de su ponencia, que ha comenzado afirmando que la Belleza coincide con el rostro de Cristo. “Juan Pablo II nos dijo que la evangelización está fracasando no porque no sea verdadera, sino porque se ejerce sin despertar el atractivo de Cristo en el corazón de los hombres”.

¿Cómo es la belleza de Cristo?, se interroga Lepori. Y en su respuesta entendemos la primera arista de esta herida que abre la belleza: “Es un misterio que nunca podremos poseer. La fascinación de Su rostro se encierra precisamente en el hecho de que transmite algo que, mientras vivamos, no terminaremos de descubrir”. Por ello, continuaba el abad, ante ella “sólo podemos estar como el último de los mendigos, como el hombre común que hace horas de cola para contemplar, durante unos instantes, la belleza de un cuadro de Rembrandt”.

La belleza hiere porque nos humilla, nos arranca la seguridad a la que nos aferramos, y nos convierte en mendigos de algo que no podemos poseer”, ha afirmado Lepori, que ha utilizado el relato del Génesis para explicar el significado de la belleza. “Cada día, cuando Dios creaba, ‘veía’ que todo era bueno. En hebreo, las palabras ‘bondad’ y‘belleza’ coinciden. Y dice el Génesis que ‘vio’: no pensó teóricamente en la belleza de lo creado, sino que se puso delante de ello, delante del hombre, y vio el reflejo de Su belleza en él”.

Así describe el abad la belleza del hombre: como asombro frente a la belleza de Dios. “En el impacto con la belleza, el hombre está llamado a hacer experiencia del asombro, de ser creado como reflejo de la Belleza”. Esta belleza no es, según el suizo, un hobby o una cuestión de gusto estético o refinamiento cultural, sino que “tiene que ver con todo lo que el hombre es: el ser humano se sintió definido por Dios frente a todo lo creado como la criatura en la que toda la bondad y toda la belleza encuentran su reflejo, su cumplimiento”, y por ello la experiencia del asombro es ontológica en el hombre;“asombro ante una belleza donada”.

El hombre, según Lepori, está hecho para acoger la belleza como don, como gratuidad. No podría existir la belleza sin un hombre que se asombrara ante ella. Pero, ¿en qué se convierte el asombro cuando es traicionado?“La realidad, que antes era sólo buena y bella, que hacía que contuvieras la respiración y se te acelerara el corazón, ahora te quita el aliento y te agita el corazón que antes se ensanchaba con alegría. Ahora la realidad da miedo, es enemiga”, ha contestado el monje, cifrando una realidad en la que estamos inmersos.

“No hay nada más bello que la experiencia de la belleza en la amistad: vivir siendo conscientes de que el otro es un bien para mí y yo lo soy para el otro”, continúa Lepori, aclarando que, sin embargo, tenemos miedo de esto. “Y si tenemos miedo de la realidad de las realidades, si dudamos de que Dios es el Amigo del hombre, entonces perdemos la relación con la realidad”. Pero, según el religioso, el pecado no arruina la belleza, sino nuestra relación con ella.

Y entonces, ¿cómo se recupera el hombre de esta alienación de su naturaleza como reflejo asombrado por la belleza de la realidad?De acuerdo con el abad, el hombre permanece en este miedo porque piensa que “su pecado define la realidad”, y esto es obra del Diablo, “que desnaturaliza el rostro de la belleza para conducirnos al miedo a Aquel que nos la dona”. ¿Cuál es la respuesta de Dios, cuál es su método? La realidad como acontecimiento, como fuente inagotable de belleza, “y la propia conversión de Dios en peregrino en busca del asombro del hombre caído”. Este Dios que sale a nuestro encuentro es, según Lepori, el rostro de la belleza absoluta, que brilla en medio de la fealdad, el logos, el origen y el cumplimiento de toda bondad y belleza.

¿Qué es esta belleza que puede brillar en la fealdad? “Esta belleza es el amor, la caridad de Cristo, un amor que traspasa hasta el final el horror de la muerte en cruz. Porque cuando nosotros pensamos en el amor pensamos en un sentimiento, en una energía que sale de nosotros, pero Dios no: Él es el Amor, coincide con su persona, es su naturaleza. Dios nos ama hasta el final porque Cristo va hasta el final, hasta la muerte, y con él va todo lo que es: Su belleza, Su divinidad”, ha expuesto Lepori.

¿Por qué la belleza hiere, incluso cuando todo va bien?Lepori ha aludido a su experiencia personal, a la herida enorme que sufrió cuando sintió, a los 17 años, la llamada de su vocación. “He aprendido que la belleza hiere porque no se puede abrazar sin morir a uno mismo. Pero en Cristo el rostro del Misterio se ha ofrecido completamente a nuestra mirada. Ya podemos mirarlo a la cara, hoy, ahora: no tenemos que morir. Sólo morir a nosotros mismos para vivir en Dios, para ver su rostro: esta es la herida mortal de la belleza. Una muerte de amor, maravillada. Esta es la belleza que salvará al mundo”:

Lepori ha finalizado su ponencia con un bello relato que pretendía poner voz a la Belleza, que es Dios mismo: “Tú no quieres reconocerme, has renegado de mí, pero estoy aquí. No estoy en otra parte. Te quiero a ti, te deseo a ti. Y mi mirada es la fuente de toda belleza, una belleza que tú desprecias pero que Yo estoy creando ahora. Me vuelvo siempre a mirarte, desde lo profundo de la realidad que desprecias. Mi mirada es la belleza que hiere, pero con una herida que permite que la belleza brote de nuevo, siempre, inagotable. Sólo esta belleza herida en ti por mi mirada puede salvar el mundo. ¿Dirigirás tú la belleza de mi mirada hacia el mundo que ves?”.

Mauro Lepori

El padre Mauro Giuseppe Lepori, nacido en Lugano (Ticino, Suiza) en 1959, es abad general de la Orden del Císter desde 2010.

Entrevista al padre Mauro Lepori, abad general de la orden cisterciense

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El carisma benedictino siempre ha subrayado que la fe tiene que ver con todo lo humano: trabajo, cultura, arte, derecho… La vida de los monasterios mostró eso al mundo. Hoy, en la sociedad secularizada, ¿qué valor tiene mostrar ese vínculo a través de gestos como EncuentroMadrid?

Creo que la importancia de estos gestos, de estos momentos, es mostrar la unidad de todos los elementos de lo humano y cuál es el centro de esta unidad. Ver cómo Cristo, el encuentro con él, la relación con él crea unidad; sobre todo, entre las personas. Creando unidad entre las personas, crea unidad en la persona, en todas sus expresiones. Creo que es un buen ejercicio es tener momentos, encuentros que son un ejercicio de esta unidad, que son como un ponerla en acto, no tanto para mostrarla como resultado, sino como experiencia, como un ejercicio de unidad de toda experiencia humana cuando está centrada en el acontecimiento de Cristo.

¿Existe un paralelismo entre el momento del hundimiento del Imperio Romano, cuando comienza la aventura benedictina, y el actual momento de crisis cultural y espiritual en Europa? ¿Qué nos enseña hoy el método benedictino?

Seguramente es cierto que la época que vivimos es muy similar; al menos en lo negativo se le parece. También en la época de san Benito se veía caer un mundo y no se sabía lo que vendría después. La gente no sabía qué esperar, qué construir. Y creo que el valor de san Benito es que construyó educando a las personas a través del presente. Me parece que la gran tentación cuando empieza a derrumbarse una época es o vivir de la nostalgia del pasado, o temer el futuro y olvidar el presente. San Benito en el fondo no se preocupó ni por el Imperio que caía, ni por el mundo que estaba por llegar: se preocupó de vivir; de vivir el presente con intensidad y belleza, educando a los monjes y, por tanto, a la sociedad, a vivir el presente construido por la presencia de Cristo, edificado por Cristo. Edificando la comunidad, buscando a Dios ahora, a través de la búsqueda de Dios, de la oración, de la caridad fraterna, se realiza el nexo del presente y lo eterno, que es, en el fondo, la dimensión que salva toda época, toda crisis; que salva al hombre en todo momento; incluso cuando todo se está derrumbando, el hombre es salvado por el acontecimiento de Cristo, que une el momento presente que vivo con lo eterno, y por tanto, da valor e intensidad a lo que vivimos. Por eso, en cierto modo la crisis se resuelve ahora; no tenemos que esperar a que dentro de 200 años llegue una nueva sociedad, sino que puedo vivir ya ahora una plenitud.

Los Papas Benedicto y Francisco nos invitan a salir, a ir al encuentro de quienes ya no se reconocen en la tradición cristiana. A su juicio, ¿qué connotaciones debe tener el diálogo que podemos plantear en el seno de EncuentroMadrid?

Pienso que el diálogo es importante para nosotros como búsqueda y profundización de nuestra fe. Entrar en relación con quien es diferente, con lo que parece distinto de la fe, es importante, precisamente, para verificar la verdad de lo que vivimos. Verificarlo para nosotros, antes que preocuparnos por transmitir o propagar nuestra fe; descubrir en el encuentro con el otro cómo Cristo abraza todo, cómo Cristo es la verdad que dialoga con toda verdad; y en esto se afirma y se anuncia. Cristo se edifica en el diálogo con todo. Porque en el encuentro con lo que es distinto se afirma el valor, el fundamento y la profundidad de la verdad de Cristo.

La paciencia, la confianza y la espera han sido características de la experiencia monástica, pero hoy nos cuestan mucho a los hombres de la época tecnológica y del individualismo. Enseguida tendemos a cansarnos o a medir nuestros intentos en términos de éxito. ¿Qué nos sugiere en este sentido a quienes participamos en la construcción de EncuentroMadrid?

Pienso que la mejor definición de la paciencia, al menos como nos la enseña san Benito, es un amor por la realidad presente; es decir, un respeto, una capacidad de valorar lo que hay, lo que se vive, en lugar de esperar siempre de un futuro el valor del momento que vivimos. Porque, de hecho, lo que da valor al momento presente es lo eterno, que ha entrado en el tiempo. Y esto libera. Porque cuando estás demasiado determinado por el resultado y el éxito de lo que hacemos, o por el futuro, o por lo que conseguimos, no somos libres de vivir lo que tenemos. San Benito habla de estar contentos. En realidad, el secreto de la alegría es estar contento de lo que uno tiene y vive ahora. Y eso en el fondo es fecundo, hace crecer también el presente, lo hace más fecundo: más abierto a una fecundidad. San Benito no busca el éxito, sino la fecundidad que Cristo da a la alegría por lo que se nos da.

La próxima edición de EncuentroMadrid, que se celebrará en abril de 2017, lleva por título ‘Heridos por la belleza’. ¿Hiere la belleza?

Creo que la belleza hiere porque nos reclama a algo que rechazamos, que hemos perdido o que creemos haber perdido. Nos hiere porque nos revela una distracción; es decir, que nosotros no vivimos siempre ante la belleza. Yo de pequeño una vez que volví a casa después del colegio le dije a mi madre lo fea que era la madre de una compañera mía; y ella me dijo: ‘Mira, Mauro, toda madre es para su hijo la más guapa del mundo’. Esta frase me hirió mucho, porque me di cuenta de que yo había herido la belleza, de que no la había acogido; la belleza es algo que supera el esteticismo y está ligada al amor. Así que la belleza nos hiere porque nos reclama a un amor traicionado. Creo que, en el fondo, toda forma de belleza nos reclama a lo que perdió Adán con el pecado original. Es una nostalgia que llevamos dentro y que sólo Cristo resuelve. Cuando estamos delante de algo bello – la naturaleza, una obra de arte – que nos hiere porque no conseguimos alcanzarlo, poseerlo, que provoca que nuestro corazón reclame algo infinito que nos parece que no poseemos…, sólo encontrando a Cristo podemos saber que esta belleza se nos ha dado y podemos vivirla. Cristo, además, nos lo manifiesta en el rostro del  crucificado, en el rostro de Aquél que nos parece feo y en quien, sin embargo, la caridad es tan grande que es la belleza más grande. La cruz es la mayor belleza que se ha mostrado al mundo.

En su opinión, ¿por qué hoy los museos sustituyen a los templos y a menudo el arte ocupa el lugar de la dimensión religiosa?

Quizás sea verdad, y en cierto sentido me alegra, porque significa que la belleza está atrayendo a la gente a volver al templo. Porque, en el fondo, el primer templo es nuestro corazón, en el que habita el Espíritu Santo, que contiene las imágenes de Dios y que debe cumplirse en el encuentro con Dios…; por lo tanto, cuando veo que la gente se siente atraída por la belleza, pienso: ‘Mira, Dios está llamando a sus hijos al templo, a vivir en el lugar sagrado de la relación con él, de la belleza total que es Cristo’. De modo que es consolador que en un mundo tan feo, en el que hay tanta traición de la belleza en todo: en la laicidad, en la convivencia humana… aparezcan películas y obras de arte que atraen a millones de personas. Y dices: ‘Mira, es verdaderamente el corazón, el templo de Dios, el que vuelve a cautivar a través de la belleza’. Es como ver a la gente volver al templo y antes o después volverán a los templos que hoy nos parecen abandonados.

¿Qué relación hay entre la necesidad de misericordia – aunque sea ocultada bajo la pretensión de autosuficiencia – del hombre contemporáneo y la belleza?

Dostoievski ha dicho: ‘La belleza salvará el mundo’. Yo diría que la misericordia salvará el mundo, pero justamente porque la misericordia es la verdadera belleza. La belleza del Padre. Cuando Jesús dice: ‘Yo soy el buen pastor’, en griego se puede traducir también como ‘Yo soy el bello pastor’. Es decir, la belleza del padre bueno, del pastor bueno que busca al pecador, lo perdona y lo abraza: no hay nada más bello. La belleza es lo que llena el corazón de significado, de sentido de la vida. Así que pienso que la belleza y la misericordia en Cristo se han unido, están juntas, para salvar al hombre, que es la criatura más bella que Dios ha creado. Y la misericordia que toca el corazón y lo lleva hasta Dios salva la belleza del corazón; salva la belleza en la belleza de Dios. La belleza del hombre en la belleza de Dios.