Heridos por la belleza. P. Mauro-Giuseppe Lepori

A continuación la transcripción de la intervención del abad general de la orden cisterciense, Mauro-Giuseppe Lepori, en EncuentroMadrid 2017, en el acto principal del fin de semana: “Heridos por la belleza”.

Descargar en PDF.

El Rostro inefable
En la novela de Shūsaku Endō, Silencio, en la que se basa el film de Martin Scorsese, me ha impresionado especialmente la pasión del protagonista, el padre Sebastião Rodrigues, por el rostro de Cristo. El tema vuelve con insistencia como un estribillo desde el principio hasta el final; y es precisamente el rostro del Señor lo que rompe el aparente silencio de Dios sobre los sufrimientos de sus discípulos, los sufrimientos de los mártires que abrazan la cruz y los de los débiles que reniegan de Cristo, como san Pedro en el patio del sumo sacerdote.

Me gustaría destacar sobre todo la intuición de Endō de que la belleza del rostro de Jesús está directamente ligada a la misión, a la evangelización, al testimonio de la fe. San Juan Pablo II destacó fuertemente esta idea, relanzando la misión y la evangelización de la Iglesia después del gran Jubileo del año 2000, al comienzo del tercer milenio, en la Carta Apostólica Novo millennio ineunte. El Papa subrayaba lo importante que es partir de nuevo de la contemplación del rostro de Cristo, y que la nueva evangelización debería ser el reflejo sobre el hombre de hoy, sobre la sociedad de hoy, de la belleza luminosa del rostro de Cristo contemplado y amado.

«“Queremos ver a Jesús” (Jn 12,21). (…) Como aquellos peregrinos de hace dos mil años, los hombres de nuestro tiempo, quizás no siempre conscientemente, piden a los creyentes de hoy no solo “hablar” de Cristo, sino en cierto modo hacérselo “ver”. ¿Y no es quizá cometido de la Iglesia reflejar la luz de Cristo en cada época de la historia y hacer resplandecer también su rostro ante las generaciones del nuevo milenio? Nuestro testimonio sería, además, enormemente deficiente si nosotros no fuésemos los primeros contempladores de su rostro» (NMI, § 16).

Es como si san Juan Pablo II nos hubiese dicho, como por otro lado recalca una y otra vez el papa Francisco, que si la evangelización doctrinal y moral fracasa no es porque no sea verdadera, sino porque con frecuencia se ejerce sin despertar el atractivo de Cristo en el corazón de los hombres con la belleza de su presencia y de su palabra. Cuando este atractivo se enciende, el corazón humano lo acoge todo de Cristo, se ve atraído por la belleza de Cristo en su totalidad, incluida la belleza de la verdad que Cristo ofrece a la razón y a la moralidad humanas. Por eso el papa Benedicto XVI quiso, por así decir, fecundar toda su obra teológica, doctrinal y magisterial con la poesía de su Jesús de Nazaret.

Pero, ¿de qué naturaleza es la belleza de Cristo?
Ella es ante todo un misterio, un misterio del que nunca conseguiremos decir: «¡Ya lo he comprendido! Lo he aferrado, lo poseo, ¡es mío!». El padre Rodrigues, siempre en la novela de Endō, es consciente de que el rostro de Jesús le «fascina de forma desmedida, justamente porque las Escrituras no se refieren a él de hecho». Lo podemos imaginar nosotros, pero no es esto lo que hace que su rostro sea bello. La fascinación del rostro de Cristo se encierra en el hecho de que nunca terminaremos de descubrirlo, y por tanto de vernos fascinados por él.

Este es ya un aspecto en el que la verdadera belleza nos hiere. La belleza verdadera, la del Verbo de Dios, incluso en todos sus reflejos –que pueden ser una puesta de sol en el mar, un Cristo de Rembrandt o una música esencial de Arvo Pärt–, la belleza verdadera no podemos poseerla más que como pobres, más aún, como mendigos. Es un agua de manantial que, si la metemos en una botella, deja de ser agua de manantial; es una fresa del bosque que, si la congelamos, ya no tiene el sabor de las fresas del bosque; es la sonrisa de un ser querido que no puede sustituir ninguna foto…
Para coleccionar obras de grandes artistas es necesario ser millonario. Pero incluso el millonario, para admirar una naturaleza muerta de Cézanne, debe estar delante del cuadro como el último de los mendigos, como el pobre hombre común que hace horas de cola para admirar una vez en su vida la exposición de los cuadros del millonario…

«En verdad os digo que, si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos» (Mt 18,3). Y justamente se trata de esto. De la pequeñez verdadera, la que no pretende aferrar, poseer la belleza viva. Pienso en la Virgen María que, delante del niño que acababa de nacer, que debía de ser de una belleza indecible e inagotable, «custodiaba en su corazón» (cf. Lc 2,19) lo que sucedía alrededor de Él, como la visita y la adoración de los pastores. María guardaba como un tesoro el reflejo de la belleza de su hijo sobre los últimos de los últimos, que habían sido los primeros en venir a contemplar el rostro del Dios encarnado. Era tan poco posesiva a la hora de gozar de la belleza de Jesús, era tan humilde a la hora de vivir el privilegio de ser Madre de Dios, de haberlo parido, de poder tenerlo en brazos, de amamantarlo, de poder mirarle día y noche, que aceptaba contemplar a su hijo también a través de la mirada de los demás, de los más pobres, de los más despreciados, de los últimos a los que se les pediría un juicio estético incluso sobre la cosa más vil.

La belleza hiere porque nos humilla, nos arranca la seguridad sobre la que pretendemos apoyarnos para sentirnos seguros y tranquilos. La belleza nos hace ser mendigos, y mendigos de algo inaferrable, de algo que no podríamos tener en nuestras manos.

¿Qué es la belleza?

Pero, ¿por qué nos hiere esto?
Hemos de darnos cuenta de lo que sucede realmente cuando el hombre se topa con la belleza. De hecho, ¿qué es la belleza para nosotros? ¿Por qué tenemos necesidad de ella?

Cuando Dios creó todas las cosas, cada tarde veía que «eran buenas» (Gn 1). En hebreo, “bueno” y “bello” se expresan con la misma palabra: TOV. Dios veía que toda criatura era algo bueno y bello. Y cuando creó al hombre, Dios vio que era «muy bueno». Fijémonos en el verbo “ver”. No lo pensó teóricamente, sino que vio, es decir, se puso, por así decir, frente a lo que había creado, que era distinto de Sí mismo.

«Vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno. Pasó una tarde, pasó una mañana: el día sexto» (Gn 1,31). Fue como si Dios viese que en la criatura humana se daba la belleza de la belleza, la bondad de la bondad de toda criatura. Veía que lo creado era bueno solo al reflejarse en la belleza del hombre. Como si el hombre fuese el espejo de cualquier otra belleza, el reflejo en el que se veía la belleza de todo. Y en este ser la manifestación de la belleza de todo lo creado, el hombre es imagen de Dios, de Dios que es la Belleza de la belleza del hombre.

Pero esto significa que la belleza del hombre, a imagen de la belleza de Dios, es esencialmente el asombro frente a la belleza del otro, esa belleza cuya huella más real y evidente, incluso después del pecado original, es el asombro del niño.

En el impacto con la belleza, el ser humano está llamado a hacer una experiencia esencial de sí mismo como imagen de Dios. En la experiencia del asombro, el hombre hace experiencia de ser creado como belleza de la belleza, como reflejo de toda belleza creada. En la vida del hombre, la belleza no es un simple hobby, una cuestión de gusto estético, de refinamiento cultural. La belleza tiene que ver con nuestra identidad profunda, original. Dios vio que el hombre era algo bueno y bello. Vio que era, que el hombre tenía esta ontología, que esta gran belleza era su identidad. Nada más ser creado, en cuanto fue consciente de sí mismo, el ser humano se sintió definido solemnemente por Dios, frente a sí mismo y a todo el universo creado, desde las estrellas hasta la brizna de hierba, como la criatura en el que toda bondad y belleza encuentra su reflejo, su imagen bella y buena, su cumplimiento.

Pero entendemos que, por el hecho de haber sido creado así, para el hombre la experiencia del asombro es algo ontológico, una dimensión fundamental de su identidad, de su humanidad. El hombre que no se asombra ya no es hombre. Pero para asombrarse, el hombre necesita de una belleza delante de sí, de una belleza que no produce él, que no posee, es decir, una belleza donada. El verdadero misterio de la belleza que identifica el hombre desde el origen es su gratuidad. El hombre está hecho para percibir y acoger la belleza como don, para reflejar y por tanto manifestar la belleza como gratuidad dada, como gratuidad de Otro.

La belleza traicionada

El relato del Génesis no ha olvidado esto cuando describe la dinámica del pecado. Hasta ese momento toda la creación llenaba de asombro a Adán y a Eva. Incluso entre ellos, sobre todo entre ellos, no se miraban con concupiscencia, es decir, con deseo de poseer y de consumir la belleza del otro, sino con asombro, es decir, poseyéndose mutuamente como belleza donada, como don de Otro. La posesión entre ellos no agotaba el asombro, y por tanto el goce, porque no agotaba la naturaleza de don que tiene toda criatura, la belleza inagotable de lo que es dado por Otro.

La primera rendición de Eva a la tentación, y quizá el verdadero pecado original, no fue tanto consumir el fruto prohibido, sino la mirada en la que el asombro original se corrompió reduciéndose a concupiscencia, y la belleza que había donado el Misterio se desnaturalizó convirtiéndose en belleza juzgada y calculada por el hombre: «Entonces la mujer se dio cuenta de que el árbol era bueno de comer, atrayente a los ojos y deseable para lograr inteligencia; así que tomó de su fruto y comió. Luego se lo dio a su marido, que también comió. Se les abrieron los ojos a los dos y descubrieron que estaban desnudos; y entrelazaron hojas de higuera y se las ciñeron» (Gn 3,6-7).

La serpiente consiguió que perdieran de vista la gratuidad de la belleza de la realidad creada, aunque solo fuera sobre un aspecto particular del universo como era un simple fruto. El ser humano estaba de tal modo hecho para ser la belleza de la belleza donada por Dios a las criaturas, estaba hasta tal punto constituido por el hecho de ser imagen de Dios al reflejar toda la belleza donada al mundo, que bastó una mirada torcida, una mirada desviada de esta naturaleza para desnaturalizar todo lo humano, y desnaturalizando todo lo humano también toda la belleza de la creación perdió su sentido, su orden, su armonía.
La creación no puede ser bella y buena prescindiendo del hombre. Aquellos que sostienen que la naturaleza sería más bella sin el hombre, es decir, sin cultura, tiene razón en el sentido de que es verdad que la belleza de la creación ha sido y es desfigurada por el pecado del hombre; pero se equivocan cuando creen que la belleza de la creación podría existir sin el asombro del hombre, sin el hombre como belleza de toda belleza. La naturaleza no necesita la ausencia del hombre, sino que el hombre sea verdaderamente él mismo.

La belleza de la creación no tiene sentido sin el hombre y sin su asombro. Nada tiene sentido sin la belleza del hombre y sin su asombro.
La mirada de los primeros padres que reducía la belleza del fruto prohibido a una valoración calculada por ellos mismos y no por el Dios infinito que lo creaba y lo donaba, esta mirada concupiscente, carente ya de asombro, hirió toda la belleza de la creación. La hirió allí donde toda belleza tiene sentido y se cumple, es decir, en el corazón del hombre hecho para asombrarse de todo aquello que es donado por Dios. Porque incluso el fruto prohibido había sido donado, y la prohibición de comer no quitaba nada a su belleza donada al hombre, es más, la exaltaba, acentuaba su misterio. Creaba un espacio de deseo más grande, una duración sin medida del asombro. Porque Dios no había prohibido mirar el fruto, admirarlo, sino comerlo. La prohibición de aferrar y consumir el fruto era como una disciplina del asombro, una educación, un entrenamiento para hacer el asombro más intenso.

La degeneración del asombro: el miedo

¿En qué se convierte el asombro cuando es traicionado, cuando la concupiscencia posesiva lo hiere? ¿Qué reemplaza al asombro en el corazón humano cuando la avidez lo aplasta y lo destruye?
En el relato del Génesis, el primer sentimiento que aflora en el corazón del hombre pecador después de la traición del asombro es el miedo. «Cuando oyeron la voz del Señor Dios que se paseaba por el jardín a la hora de la brisa, Adán y su mujer se escondieron de la vista del Señor Dios entre los árboles del jardín. El Señor Dios llamó a Adán y le dijo: “¿Dónde estás?”. Él contestó: “Oí tu ruido en el jardín, me dio miedo, porque estaba desnudo, y me escondí”» (Gn 3,8-10).
No dice: «me dio vergüenza porque estaba desnudo», sino «me dio miedo». La realidad, que antes era solo bella y buena, que antes te hacía contener la respiración por el asombro como a los niños, ahora quita el aliento y agita el corazón que antes se ensanchaba de alegría. Ahora la realidad da miedo, es enemiga. Ya no es misterio: es incógnita. Ya no es cielo abierto lleno de estrellas, o de sol, sino “selva oscura”, como diría Dante, de la que solo se espera peligro, amenaza y muerte:

“A mitad del camino de nuestra vida
me encontré en una selva oscura,
porque había perdido la buena senda.
Y ¡qué penoso es decir cómo era aquella selva
tupida, áspera y salvaje,
cuyo recuerdo renueva el pavor!”

Y nos damos cuenta de que Adán y Eva tienen este sentimiento no solo delante de lo creado, sino de Dios que se manifiesta en lo creado. Qué puede haber más bello, más dulce para el hombre, que un Dios que viene a gozar de la fresca belleza del mundo que acaba de crear: “Oyeron la voz del Señor Dios que se paseaba por el jardín a la hora de la brisa” (Gn 3,8). Solo es una imagen, una concepción casi infantil de Dios, tal y como un niño podría dibujarla. Pero esta imagen lo dice todo sobre la belleza que Dios ofrece al hombre. Un Dios que entra en la creación, que visita al hombre y a la mujer –se diría que se invita a cenar– que viene a gozar de la belleza de la creación junto con el hombre. Y que, de esta forma, permite a la criatura humana poder gozar de la belleza de Dios, mientras Dios goza de la belleza de Adán y Eva, en la alegría serena de una velada con amigos, en la alegría de estar juntos, de gozar juntos de la brisa de la tarde, de la fragancia de las plantas y las flores, del canto de los pájaros, de los colores, de la luz del sol al atardecer.
¡No hay nada más bello que una experiencia de belleza total compartida en la belleza de la amistad, es decir, en esa relación en la cual el otro es bello y bueno para mí, es un bien, una belleza para mí, y yo para el otro!

¡Y el hombre tiene miedo de esto! ¡Tiene miedo de la belleza de Dios con el hombre!
Podemos comprender que cuando se tiene miedo de esto, cuando se pierde la relación de asombro confiado delante de esta realidad, que es la realidad de las realidades, entonces todo se corrompe, todo empeora, todo se desnaturaliza, todo enloquece. Si se tiene miedo de esta realidad de un Dios amigo del hombre, se tiene miedo de todo, se pierde la relación razonable con toda la realidad, con uno mismo y con todo.
La razonabilidad se pierde no tanto en el momento en el que se empieza a pensar de forma equivocada, sino cuando se empieza a dejar que domine en nuestro corazón el miedo a la realidad que, debido al pecado, sustituye al asombro que había antes.
La razón es la relación humana con la realidad, y el hombre ha sido creado para tener una relación positiva con una realidad positiva, una relación de confianza con una realidad buena, una relación de asombro, de maravilla, con una realidad bella. El pecado ha arruinado esta relación, la ha arruinado en el corazón del hombre. El pecado no ha arruinado la realidad, sino la razón, la relación humana con la realidad.

La reconquista de la belleza

¿Cómo puede recuperarse el hombre de esta alienación de su naturaleza como reflejo asombrado por la belleza de la realidad? ¿Por dónde puede empezar la recuperación de la razón, la recuperación del corazón, la recuperación de la mirada humana sobre la realidad?
El miedo es como un foso profundo en el que el ser humano ha caído huyendo de la bondad de la realidad. Pero el hombre no está tranquilo viviendo en ese foso, no está tranquilo en el miedo, no es feliz en el temor de la realidad. ¡¿Cómo podría serlo?! El miedo es la quintaesencia del malestar inquieto en el cual el hombre se encuentra. Uno permanece ahí porque piensa que no puede vencer la amenaza de la realidad; pero en realidad permanece ahí porque no puede vencer el propio miedo. La negatividad de las cosas no está en Dios, no está en la realidad. La negatividad es el miedo del hombre, es el corazón del hombre que se esconde en el miedo y piensa que toda la realidad solo puede ser definida por el propio miedo.

El mal, el Maligno, la serpiente que sedujo a Eva, introdujo en la relación del hombre con la belleza de la realidad la desconfianza que ha generado el miedo.
El Maligno siempre desnaturaliza el rostro de la realidad para conducirnos al miedo a Aquel que la hace, que nos la dona. El Maligno conduce al hombre a desviarse desde el juicio originario sobre la realidad («¡Es algo bueno, bello!»), y sobre el propio hombre («¡Es algo muy bueno y bello!»), hacia un juicio negativo y falso: «¡Es algo malo, feo; muy malo y muy feo!». Esta es la mentira de las mentiras, la falsedad esencial de la razón, en la cual la razón se corrompe a sí misma.

¿Qué puede salvar al hombre de este miedo a la realidad, de esta mentira que niega, que no mira, la belleza donada de la realidad?

El método de Dios, también después del pecado, es siempre la realidad, el don de la realidad, la realidad como acontecimiento, la belleza como realidad que siempre sucede, que se presenta una y otra vez. La realidad, como belleza, como bondad, no renuncia nunca a estar hecha para el asombro del hombre, allí donde se encuentre el hombre, allí donde se esconda, allí donde el pecado y el miedo puedan encerrarlo. La reconquista de la belleza está en su hacerse peregrina en busca del asombro del hombre caído en el foso oscuro del miedo. La reconquista de la belleza está en su descenso en busca del hombre hasta asumir los despojos de la fealdad.

Lo expresa la profecía del Siervo sufriente de Isaías:
«Lo vimos sin aspecto atrayente, despreciado y evitado de los hombres, como un hombre de dolores, acostumbrado a sufrimientos, ante el cual se ocultaban los rostros, despreciado y desestimado» (Is 53,2b-3).

Sin embargo, este rostro horrible es el de «el más bello entre los hijos del hombre», como lo canta el salmo 44 (v. 3). Es el rostro de la Belleza absoluta, el Logos, el origen y el cumplimiento de toda bondad y belleza creadas. En el Hombre crucificado, la Belleza está presente, es dada. Está presente por completo, es dada por completo. No como si estuviese detrás de la máscara de la fealdad, del horror. ¡Está dentro! ¡Coincide! La belleza de Cristo invade toda la fealdad del Hombre de la Pasión. Y en ella, en la fealdad, ¡se manifiesta! En el horror del Crucificado brilla toda la belleza del Logos, del Verbo de la vida, toda la belleza de Dios, y por lo tanto toda la belleza de todo, toda la belleza de las criaturas, toda la belleza del hombre.

Pero, ¿qué es esta belleza que puede manifestarse, brillar, en la fealdad, en aquello que instintivamente nos hace apartar la mirada?

«Sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» (Jn 13,1).
Juan añade que Jesús vivió la Pasión empezando por el acto simbólico de lavar los pies a sus discípulos, «sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía» (Jn 13,3).

No hay nada más real y al mismo tiempo más bueno y bello que todo lo que el Padre pone en las manos del Hijo, sin que el Hijo tenga que coger nada al Padre, porque entre ellos todo es don. También Él mismo, Jesús, «venía de Dios y a Dios volvía». El Hijo se deja donar por el Padre al mundo y por el mundo al Padre. El Hijo irradia desde el Padre y vuelve a Él. Y esta belleza es el amor, es la caridad de Cristo. Y este amor traspasa hasta el fondo, hasta el final, el horror de la muerte en cruz.

Cuando nosotros hablamos de «amor», cuando pensamos en el amor, pensamos en un sentimiento, en algo que expresamos, como una energía que dejamos salir de nosotros hacia los demás. Para Dios no es así, porque el amor es Él, es su persona, su naturaleza. Para amarnos hasta el final, para amarnos hasta la muerte, Cristo va hasta el final, llega hasta la muerte, entra en ella. Y con Él entra también todo lo que Él es, toda su belleza, toda su verdad, toda su divinidad.

La belleza de la compañía de Dios al hombre

Esto significa que en el horror, en la fealdad extrema del Crucificado, es donde la compañía de Dios se dona al hombre. Es la misma belleza de cuando el Señor bajaba por la tarde para pasear por el Edén y estar con Adán, una belleza que no se detuvo con el pecado, que no se retiró, que no se limitó a la justicia de castigar, de corregir. Al expulsar al hombre del Edén, Dios salió con él, siguió sus huellas para alcanzarlo con su compañía, con su amistad hasta el final, hasta el extremo del abandono, de la muerte, del sepulcro, de los infiernos.

La belleza que nunca decae, porque es la belleza en su esencia, es la compañía de Dios al hombre, al hombre pecador. Esta belleza, totalmente coincidente con la bondad, con la caridad, con la misericordia, una vez que ha llegado al extremo de la cruz, al caer en tierra y morir como la semilla, se ha multiplicado, se ha difundido, precisamente en cuanto compañía de Dios al hombre, a todos los hombres. «Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos» (Mt 28,20). «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18,20).

¿Qué es la belleza del Resucitado sino la belleza de una compañía más fuerte que el pecado y que la muerte? La belleza de Aquel que se aparece a la Magdalena llamándola por su nombre; que camina con los discípulos de Emaús, ocupándose con paciencia de su estúpida y temerosa ignorancia de las Escrituras; que se aparece a los discípulos en el Cenáculo, confortándoles en su poca fe, o en la orilla del mar al salir el sol, reanimando su corazón y su cuerpo tras una noche de pesca infructuosa…
Es la belleza de Él con nosotros, que rápidamente se vuelve belleza entre nosotros con Él, en Él, para Él, es decir, belleza de la Iglesia en Pentecostés, la belleza de la fraternidad que comparte todo porque comparte el Todo que es la compañía de Cristo.

Belleza eclesial que cumple la profecía del salmo 132:
«Ved qué dulzura, qué delicia, convivir los hermanos unidos» (Sal 132,1).
Sí, es bello, y oloroso como el aceite perfumado que desde la cabeza de Aarón desciende por la barba, hasta el borde del manto, hasta el trozo más humilde, más «periférico» de la realidad, como diría el Papa Francisco. Bello como «rocío del Hermón, que va bajando sobre el monte Sión» (v.3), es decir, sobre Jerusalén, la ciudad de la paz, de la convivencia humana, a menudo tan desfigurada, dividida y corrompida.
«Porque allí –termina el salmo– manda el Señor la bendición: la vida para siempre» (v. 3).
En la belleza de la compañía de Cristo y en Cristo, el hombre y el mundo son alcanzados por la belleza original de Dios que bendice a toda criatura, que habla bien de cada criatura: “¡Tú eres bella, muy bella!”.
Belleza original de Adán y Eva recuperada, restaurada, renovada cien veces en la belleza de la Iglesia, Esposa de Cristo, nuevo Adán.

La belleza de toda belleza, aquella en la cual la belleza del hombre es redimida y renovada, es la belleza de la comunión de Dios con la humanidad, y de la humanidad con Dios. Aquella belleza que fue herida y asesinada por Caín en el hermano Abel. «Salgamos al campo…», le dijo. Y Abel, inocente, va con él; feliz de pasear en compañía de su hermano con la brisa vespertina del campo (cf. Gn 4,8). Compañía confiada, traicionada por una compañía traidora. Como Judas, que sabía dónde se encontraba Jesús por la tarde y por la noche en compañía íntima y confiada con sus discípulos en el jardín de Getsemaní (cf. Jn 18,2).

La belleza herida es la compañía herida.
De hecho, desafío a cualquiera a que intente gozar con cualquier forma de belleza, natural o artística, cuando está sufriendo una mínima turbulencia en la relación con alguien al que le une amistad o afecto.

Ver a Dios, muriendo a uno mismo

Pero incluso cuando todo va bien, la belleza de la compañía hiere. ¿Por qué, si es belleza, si es amor, si es fraternidad restaurada por la paternidad de Dios?

Cuando a los diecisiete años encontré verdaderamente la belleza de Cristo en la Iglesia, en una compañía eclesial, como amistad en Cristo, mi primera reacción fue la herida de una tristeza aguda. Después se transformó, casi de golpe, en alegría. Pero, ¿por qué la compañía de Cristo y en Cristo me hirió, por qué me dolió tanto?
Aquella noche no lo entendí, pero tuve que entenderlo con el tiempo, siempre de nuevo, cada vez más, volviendo a pasar por experiencias renovadas de tristeza y de alegría, de herida y de curación. Y esto solo por estar ante aquella belleza innegable, aquella belleza del rostro de Cristo y de su compañía apacible y humilde, siempre nueva, siempre misteriosa.
He tenido que volver a aprender de nuevo que la belleza de la compañía hiere porque no se la puede abrazar sin morir a uno mismo. No podemos abrazar al Resucitado, nuestra Vida, sin morir a nosotros mismos, a aquel sujeto en nosotros que un día huyó por el miedo a la compañía de un Dios que amándonos nos pide solo amor, que dando la vida por nosotros nos pide que le demos la nuestra.

«Pero mi rostro no lo puedes ver, porque no puede verlo nadie y quedar con vida» (Ex 33,20), dijo un día el Señor a Moisés cuando quería ver el rostro de Dios, quería ver directamente la belleza infinita del Creador.
En Cristo, el rostro del Misterio se ha ofrecido completamente a nuestra mirada. Ya podemos mirar a la cara la compañía de Dios al hombre. Entonces, ¿no tenemos que morir, como Moisés?

Un autor cisterciense del siglo XII, Guillermo de Saint-Thierry, retoma la frase que Dios dijo a Moisés precisando el tipo de muerte que la visión de Dios comporta para nosotros: morir a nosotros mismos para vivir en Dios. No se puede ver el rostro de Dios sin morir a uno mismo para vivir en Él, en su belleza, en su compañía, en la belleza de su compañía.

Esta es la herida mortal que también la belleza del rostro de Cristo desvelado a los hombres inflige a nuestros corazones; es esta la muerte que se pide y se concede a nuestra libertad. No nos es impuesta: es libre. Es la muerte libre de los mártires. Muerte de amor y no de temor; muerte maravillada y no temerosa; muerte pascual que la belleza misma de Su rostro hace deseable como el beso fecundo de una esposa.

No es casualidad que Jesús hablase enseguida de la semilla que muere para dar mucho fruto, en respuesta a los griegos que habían dicho a los apóstoles: «Queremos ver a Jesús» (Jn 12,21).
La contemplación de la belleza de Cristo coincide con la muerte a sí mismo para llegar a ser comunión, comunidad: «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto» (Jn 12,24). Y es así como se ve a Jesús, como se contempla el rostro de Dios, toda la belleza de Cristo.

Yo ahora me paso la vida visitando comunidades monásticas y otros tipos de comunidades cristianas. Por desgracia, falta con frecuencia en ellas una belleza, la belleza de la compañía que Dios ha venido a ofrecer al hombre, a todos los hombres. Esa belleza acogedora, plena, llena de paz, de misericordia, como el seno de una madre. Pero falta esta belleza porque cuando aparece, de mil maneras misteriosas, es como si la libertad de las personas huyese de ella, como huyeron Adán y Eva, pero también Pedro y todos los apóstoles, temiendo la herida que la belleza inflige, esa que nos hace morir a nosotros mismos para vivir en Cristo y dar la vida por Él.

A menudo es la pobreza humana de las comunidades la que nos pide que ofrezcamos el costado a esta lanza que hace brotar la vida de la Iglesia. San Pablo describe esta pobreza: «Y si no, fijaos en vuestra asamblea, hermanos: no hay en ella muchos sabios en lo humano, ni muchos poderosos, ni muchos aristócratas; sino que, lo necio del mundo lo ha escogido Dios para humillar a los sabios, y lo débil del mundo lo ha escogido Dios para humillar lo poderoso. Aún más, ha escogido la gente baja del mundo, lo despreciable, lo que no cuenta, para anular a lo que cuenta, de modo que nadie pueda gloriarse en presencia del Señor» (1 Cor 1,26-29).

Sí, la miseria personal y de la comunidad a través de la cual Cristo viene a traer al mundo la belleza de su compañía, nos hiere, hiere nuestra vanidad. Pero nos hiere precisamente porque nos pide y nos concede morir a nosotros mismos. Nosotros habríamos preferido y elegido una belleza más valiosa, una compañía más noble, y quizás una muerte más gloriosa… Sin embargo, es precisamente esta, solo esta, la belleza divina que salva al mundo.
Porque es la belleza misteriosa de la Jerusalén nueva, descrita en el Apocalipsis, «que desciende del cielo, de parte de Dios, y tenía la gloria de Dios» (Ap 21,10).

¿Cuál es su belleza? Una «voz potente» lo explica: «He aquí la morada de Dios entre los hombres, y morará entre ellos, y ellos serán su pueblo, y el “Dios con ellos” será su Dios. Y enjugará toda lágrima de sus ojos» (Ap 21,3-4).

Sí, la belleza de la compañía de Dios al hombre que llora, como Adán en los infiernos, está descendiendo sobre la humanidad, desde Pentecostés en adelante, hasta el final del mundo, como la paloma que descendió sobre Jesús en su bautismo. Y desciende como belleza de la comunión del Padre y del Hijo compartida con la humanidad.

Bajo las alas de la paloma

La paloma es el símbolo más bello de la belleza que coincide con la bondad, porque es el símbolo de la belleza de la comunión divina que es el Espíritu Santo.
El salmo 67 describe esta belleza simbólica de un modo admirable: «Las palomas batieron sus alas de plata, el oro destellaba en sus plumas» (Sal 67,14). ¡Qué puede haber más bello que una paloma blanca en pleno vuelo, con unas alas que resplandecen por el sol como si fuesen de plata jaspeadas de oro!

Pienso siempre en esta imagen cada vez que aterrizo en ciudades como Addis Abeba, La Paz, El Alto, Salvador… Porque por la noche estas ciudades están iluminadas por miles de luces blancas, atravesadas por franjas de luces amarillo oro.

Pero cuando se aterriza, cuando se penetra dentro y bajo las alas de esta paloma de plata y oro, ¿adónde va la belleza? Aparentemente ya no queda ninguna huella de ella. Son ciudades donde todo parece inexorablemente abandonado a la fealdad, a la aflicción, a la corrupción de las formas, de los colores, de los olores, de los sonidos. Y el bullir de hombres, mujeres, jóvenes, niños, en medio de esta fealdad, parece el de las hormigas tristemente reclutadas para luchar por la supervivencia día tras día, sin historia, sin futuro.

Esta ausencia de toda aparente belleza me tienta siempre con un sentimiento de escándalo triste: ¿Cómo se puede vivir así? ¿Tiene sentido vivir así? También porque esta fealdad es tan vasta, tan difundida en todo y en todos, que ni siquiera parece posible imaginar por dónde empezar una regeneración. Y solo se tiene la tentación de huir, de pasar rápidamente por estas situaciones y condiciones de vida, quizás dejando allí un poco de filantropía, pero con el pie preparado para huir en cualquier momento, antes de quedar sumergidos en este fango.

Pero precisamente allí, como en cada situación de la que tenemos la tentación de huir, o de la que estamos ya huyendo, es donde sucede algo que lo trastoca todo, como le pasó a Pedro en el patio del sumo sacerdote: «El Señor, volviéndose, le echó una mirada a Pedro, y Pedro se acordó…» (Lc 22,61).
Desde la fealdad de la que estamos huyendo, «porque desfigurado no parecía hombre» (Is 52,14), la Belleza se vuelve, nos mira, y nos dice en silencio:

«Tú no quieres reconocerme, has renegado de mí, ¡pero estoy aquí! No estoy en otra parte. Y estoy aquí para ti, te miro a ti, te amo a ti, te deseo a ti, tu belleza, mi Belleza reflejada en ti, y desde ti en quien no me ve, no me conoce, y no sabe que mi mirada es la fuente de toda belleza, de la belleza de cada hombre.
Pero esta belleza que tú rehúyes, que tú desprecias, Yo la estoy creando ahora, porque ahora soy la semilla que muere para no ser solo Yo, sino una multitud de hijos de Dios, una compañía al hombre, también en el fondo de los infiernos de hoy, como de todos los tiempos, que es la única fuente de toda belleza que el hombre pueda desear, acoger y expresar.
¿No ves que mi mirada se ha posado ya sobre los rostros de esta masa de personas de las que solo ves la apariencia? ¿No ves que mi compañía al hombre circula entre ellos, también hacia ti, más que en tus ciudades más perfectas, ordenadas y limpias? ¿No ves cómo se encuentran, como se sonríen, como mueren a sí mismos por aquellos a los que aman, a los que sirven?
Es aquí, es en ellos, donde mi mirada juzga en silencio vuestras falsas bellezas, vuestras bellezas sin fuente, sin raíz, sin Mí. Vuestras bellezas sin comunión, ni con Dios, ni entre vosotros.
Pero, como ves, yo me vuelvo siempre para miraros, desde lo profundo de la fealdad que despreciáis, me vuelvo a miraros con amor.
Mi mirada es la Belleza que hiere, pero con una herida que permite a la belleza brotar de nuevo, siempre de nuevo, en el mundo humano, en cada mundo humano.
¡Solo esta belleza herida en ti, en vosotros, por mi mirada, puede salvar el mundo!
Pero, ¡¿dirigirás tú, y tu compañía, la belleza de mi mirada hacia el mundo que ves?!”

 

Descargar en PDF.

FacebookTwitterPinterestGoogle+WhatsAppShare