“El 68 no fue culmen de un proceso, sino el síntoma de todo lo que ha venido después”

La 15ª edición de EncuentroMadrid ha abierto sus puertas con una conferencia dedicada a los hechos acaecidos en mayo del 68 cuando se cumplen 50 años de las revueltas que, centradas en Europa, esparcieron sus ideales por todo occidente, y que protagonizan la exposición central de este año: “1968, la revolución del deseo”

En este primer acto inaugural, y tras unas breves palabras introductorias del presidente de EncuentroMadrid, Rafael Gerez, el director general de Ediciones Encuentro, Manuel Oriol, ha introducido el tema. “1968 evoca para muchos aquellas revueltas estudiantiles. Pero un gran porcentaje de los jóvenes de hoy ni siquiera saben en qué consistió y, sin embargo, el 68 se ha convertido en un mito de rebeldía y autenticidad, en un ejemplo por su ruptura con la herencia recibida, en un canto a los anhelos de cambio tanto en la propia vida como en la sociedad”.

Pero ¿por qué esa generación se implicó de aquella manera, qué buscaban? Con esta pregunta comenzaba su intervención Marcelo López Cambronero, profesor agregado de Filosofía en el instituto de Filosofía Edith Stein y en la International Academy of Philosophy, y comisario de la exposición de EncuentroMadrid que lleva el mismo título que este acto. “Cuando en mayo los universitarios de París toman la universidad comienza una batalla. Hay más de mil heridos esos días. Pero estos hechos son sólo la cumbre de un proceso. Estos jóvenes estaban dispuestos a dar la vida por aquello en lo que creían. Habían sufrido las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial, se habían opuesto a la guerra de Vietnam y se rebelaban contra la sociedad del bienestar que sus padres habían conquistado para ellos”.

Sin embargo, lo que los jóvenes buscaban era un sentido para su vida. “Es un deseo justo. Quieren ser protagonistas de su historia, quieren encontrar algo que haga grande la existencia. La política tampoco les responde, y por ello la revolución del 68 fracasa estrepitosamente”, afirma López Cambronero, autor del libro Mayo del 68: cuéntame cómo te ha ido. Y tras el fracaso, llega el desencanto, la pérdida del sentido religioso, la culpa a una sociedad demasiado estructurada y a un cristianismo demasiado moralista. “No les valen las respuestas prefabricadas. No es que hayan perdido el sentido de la vida, sino la esperanza de que la vida pueda tener un sentido. Y esto es lo que provoca el cambio de época y da comienzo a la posmodernidad”, ha concluido Cambronero, afirmando que lo que caracterizó la siguiente era fue el hiperconsumismo, “también en las relaciones personales”.

Para hablar de lo que supuso mayo del 68, nadie mejor que un protagonista directo. El sociólogo y escritor Mikel Azurmendi se encontraba en París estudiando Filosofía cuando dieron comienzo las revueltas, en las que él se implica, esperando también que sean un motor de cambio. “Me había pasado la vida buscando la justicia social, luchando por lo que yo creía que eran los derechos humanos. Así acabé en ETA, grupo del que hui cuando empezaron a emplear la violencia. ¿Merece la pena dar la vida por esto?, me preguntaba. Y lo mismo volvió a sucederme en París. Me di cuenta de que, en realidad, mayo del 68 no buscaba la libertad, y de que los comunistas, en quienes había puesto mi esperanza, no querían la verdadera revolución, sino el poder”.

El antropólogo y profesor de la Universidad del País Vasco afirma que “el 68 no fue cumbre de un proceso, sino un síntoma de todo lo que ha sucedido después”. La pérdida de sentido, la expansión hedonista de nuestros propios deseos y la construcción del mundo fuera de la cartografía de Dios fue, en palabras de Azurmendi, el nacimiento de la ideología en forma doble. “Ideología en lo que concierne al propio cuerpo -la liberación sexual, la destrucción del amor y de la familia- y en lo que atañe al cuerpo social, es decir, a la política”. El culmen fue el eslogan paradójico de “prohibido prohibir”, con él “se destruyó completamente la cultura”.

Por su parte, Aldo Brandirali ha explicado su recorrido político y cómo llegó a lo más alto del Partido Comunista de Italia (PCI). “Yo tenía 27 años en mayo del 68. Tenía el deseo de dar la vida por mi pueblo, buscaba un ideal al que entregar mi vida, quería cambiar el mundo. Por entonces trabajaba en una fábrica y era solo una pieza en una enorme cadena de producción buscando entender qué significa que el trabajo ennoblece, que es expresión de la dignidad de la persona”. Pero al llegar a la cumbre del PCI en Roma se dio cuenta de que el problema era cómo vivir el ideal. “Decidimos empeñar la vida y nos fuimos todos juntos a vivir a una comuna en Milán. Compartíamos todo, pero nadie respetaba las reglas, porque no tenían ninguna fuente, ningún origen. Nos dimos cuenta de que habíamos traicionado la teoría marxista”.

La búsqueda de la pureza teórica llevó al político a darse cuenta de que no era la persona la que estaba en el centro, sino la política. “El máximo ideal era el poder, y en la vanguardia estaban los intelectuales, mientras que la conciencia obrera había desaparecido antes de nacer. Entonces el juego político se convirtió en algo peligrosamente violento, y decidí disolver el grupo de pensamiento que habíamos creado”. Brandirali ha concluido afirmando que, tras un periodo de búsqueda, se dio cuenta de que el hombre es incoherente por naturaleza, y de que el problema de la vida no es la teoría, sino la experiencia. “Los que seguíamos buscando una respuesta conocimos a Luigi Giussani [fundador de Comunión y Liberación], y durante 10 años le seguí sin convertirme al catolicismo. Realizábamos obras sociales juntos, y entonces lo comprendí: yo no construía nada, era otro quien lo hacía a través de mí. La realidad es la presencia de un factor que responde. Sólo hay que mirar a Cristo. Y vi que el pueblo que no había encontrado en mayo del 68 lo había encontrado ahora en la Iglesia”.

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