“Todos necesitamos la esperanza cada mañana para poder respirar”. Esta afirmación del filósofo Josep Maria Esquirol resume el punto de partida de la edición de EncuentroMadrid que acabamos de concluir. Pero necesitamos una esperanza verdadera, anclada en la carne de la realidad. A lo largo de los diálogos que han tejido este EM 2021 se ha ido desvelando la naturaleza de esta esperanza y qué permite sostenerla en medio de las dificultades y tormentas de nuestras circunstancias personales y del contexto histórico que nos toca vivir.

El futuro del trabajo, la situación de los jóvenes, las dificultades de nuestra democracia ante el poder de la tecnología, la frágil luz del perdón al final del oscuro túnel del terrorismo o la pérdida de consistencia del tejido comunitario han sido algunos de los temas que hemos afrontado desde la perspectiva de una esperanza fiable. En todos estos ámbitos hemos descubierto la necesidad de “volver a tocar el dato, la densa carne de los hechos”, como dice el escritor José Ángel González Sainz. Como también afirmaba Fabrice Hadjadj, director del instituto Philantrophos de Friburgo, en un mundo dominado por la inteligencia artificial y la realidad virtual, “la esperanza está vinculada a los hechos, al cambio de paradigma hacia lo real, lo concreto”. Que la esperanza solo se sostiene dentro de un amor a la realidad, sin falsas ilusiones ni afirmaciones abstractas, nos lo ha testimoniado el Patriarca de Jerusalén, Pierbattista Pizzaballa, al mostrar el modo en que los cristianos afrontan la dura realidad de Tierra Santa, alimentados por una memoria que se renueva cada día, y que les permite ser libres y creativos ante la falta de soluciones políticas para el conflicto de su región.

Un aspecto precioso de todo este recorrido es la relación entre paternidad y esperanza, que se ha puesto de manifiesto en varias intervenciones, en particular en el diálogo entre Ana Iris Simón y Antonio García Maldonado. Ante el nacimiento de un hijo, incluso quienes se empeñan en negar la posibilidad de la esperanza reconocen el deseo de que esa vida sea plena y feliz. Lo humano tiene una “profundidad” constitutiva y una dimensión “misteriosa” que piden algo infinito, aunque no lo sepamos definir, como afirmaba Esquirol. En diálogo con él, el rector de la Universidad Eclesiástica San Dámaso, Javier Prades, habló de la vida humana como “vocación”. No somos arrojados a la vida, sino llamados por un Tú. Y en este sentido, la esperanza se sostiene a través de encuentros en los que se hace patente una vida sobreabundante. Por eso, “todo buen encuentro pide reencuentro” y es así como se sostiene la esperanza en el tiempo.

Como cristianos, afrontamos la misma necesidad de todos los hombres y mujeres con los que compartimos las fatigas de la vida y los desafíos de este momento, y experimentamos sus mismas debilidades y zozobras. El acontecimiento de Cristo, presente aquí y ahora a través de la compañía de la Iglesia, sostiene y da claridad a este camino que hemos querido compartir con tantos amigos, antiguos y nuevos, en esta edición de EM, en la que hemos recordado especialmente a dos que han sido testigos potentes de la verdad de cuanto estamos viviendo: el sociólogo Mikel Azurmendi y el sacerdote Antonio Anastasio (Anas). La belleza y la verdad de sus vidas nos dan aliento para seguir caminando.

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