EncuentroMadrid ha cerrado hoy sus puertas tras un intenso diálogo de clausura entre el periodista Pedro Cuartango y el presidente de la Fraternidad de Comunión y Liberación, Julián Carrón, a propósito del lema que ha presidido estos tres días en la Casa de Campo, “Por la libertad se puede y debe aventurar la vida” y coincidiendo con la publicación del último libro de Carrón, titulado ¿Dónde está Dios?

La libertad y el mal han sido las dos cuestiones centrales de esta “conversación entre amigos”, como la ha definido el presidente de EncuentroMadrid y moderador, Rafael Gerez. El propio Cuartango ha señalado que “esta mesa no es un debate sino un diálogo, pues no se trata de debatir sino de buscar”. El periodista ha puesto desde el primer momento sobre la mesa sus “perplejidades” tras la lectura del libro de Julián Carrón, del que ha dicho que “para mí es una referencia moral e intelectual. Siempre me ha sorprendido su sencillez y su humanidad, es decir, su mirada”. Ha asegurado que este es un “libro de breviario. En muchos momentos me ha obligado a hacer un diálogo interior con Carrón, sentía que me estaba hablando, mejor dicho, interpelando, y tenía que buscar en mi interior una respuesta”.

La primera de las grandes perplejidades de Cuartango se refiere a una cita de Charles Péguy: “para esperar hace falta haber recibido una gran gracia”. Ante las afirmaciones de Julián en el libro sobre la fe como don gratuito, el columnista de ABC ha reconocido que “esto me genera una duda. Si es un don, en cierto modo es arbitrario por Dios, me sorprende esta distribución aleatoria de la fe”. La segunda gran perplejidad que también ha centrado la conversación entre ambos se refiere al misterio del mal. “Dios no me parece evidente, ni su existencia una evidencia innata. Creo que permanece en silencio. No podemos percibir a Dios como podemos ver esta mañana de otoño los árboles de la Casa de Campo con absoluta certeza”. Se ha referido a la pregunta de Benedicto XVI cuando visitó Auschwitz: “Dios, ¿por qué lo permitiste?”. Pedro Cuartango ha recordado que “yo también estuve allí, visité Auschwitz y quedé sobrecogido. ¿Por qué Dios lo permitió? Ese impacto me sigue acompañando. ¿Tiene Dios libertad para consentir el mal?”.

Julián Carrón ha recogido el guante afirmando que “el mal es uno de los temas que ha ocupado siempre al hombre consciente porque le desafía como ninguna otra cosa en el mundo”. En este sentido, ha citado la primera página del Génesis: “y vio Dios que todo era bueno”. “En un lugar como Palestina, entre dos grandes imperios, se genera un tipo de pensamiento totalmente nuevo y original, que parece totalmente desproporcionado con las energías humanas propias de un pueblo tan minúsculo. Porque a diferencia de todo lo que le rodea, el pueblo de Israel nos sorprende con esa afirmación en la primera página del Génesis, algo que nos desconcierta y desafía a cualquiera que use la razón: y vio Dios que todo era bueno”. Después de que Cuartango citara a san Agustín, diciendo que “en nuestros ojos los hechos, en nuestras manos los códices”, Carrón se ha preguntado: “¿Qué habrán visto esos ojos para plantear esa novedad cultural? Uno tiene que volver a la historia del pueblo de Israel para ver que tuvieron tal experiencia de Dios como algo bueno que cuando escriben esta página, en el exilio (el Auschwitz de la época), dicen que a pesar de toda la experiencia de mal que están viviendo, la realidad es absolutamente positiva. Vio que todo era bueno. No se puede explicar más que porque tenían una experiencia tan positiva de Dios que les lleva a decir que el origen de todo eso tenía que ser bueno. Y que el origen del mal es fruto de la libertad”. Citando a Lewis, Julián ha señalado que “el cristianismo no resuelve el problema del mal sino que lo ha planteado, ha permitido que aflorase. En la antigüedad no existía, todo era producto de la naturaleza. Nadie se lo planteaba. El problema empieza a suceder como problema cuando el hombre tiene un interlocutor”.

Sobre la libertad, Carrón ha sugerido que “Dios podría haber creado otros astros que respondieran mecánicamente, pero ha querido tener delante a un interlocutor libre, que pudiera permitirse preguntar o rechazar su presencia. Lo que nos escandaliza del mal no es tanto el mal sino que Dios no intervenga mecánicamente para evitar que el hombre haga el mal, que Dios haya creado a un hombre que pudiera hacer el mal. ¡Qué plenitud tiene que vivir Dios en sí mismo para crear un ser libre! Porque si creaba un ser libre, sabía que algún lío podía crear. ¿Por qué lo crea, entonces? Bastaría quitar una pieza minúscula, la libertad, y estaríamos todos en la gloria, pero le parece un precio demasiado grande para la dignidad del hombre. Por eso Dios ha preferido correr el riesgo. ¿Pero sería mejor un mundo no libre?”.

Cuartango reaccionó con gran lealtad a su experiencia. “Comparto las dos cosas: que el mal no tiene una existencia ontológica, es una creación humana; y que el hombre está condenado a la libertad. Somos libres y esa libertad no es un privilegio sino una condena. Estamos arrojados al mundo y tenemos que tomar decisiones”. En ese punto, el periodista ha narrado su experiencia en Mostar al final de la guerra de los Balcanes, donde vio cómo una convivencia pacífica de años se había roto tras la entrada de la ideología. “La existencia del mal como consecuencia de la libertad comporta una terrible paradoja, que es la de las víctimas. El mal sigue siendo un misterio irresoluble que nos lleva inevitablemente a la pregunta sobre la existencia de Dios. ¿Y de dónde viene el mal? ¿Está en nuestros genes, es cultural?”.

“Es verdad. El mal no tiene lógica”, contesta Julián. “Explicamos el mal como una lógica o consecuencia cultural, como si no fuera fruto de la libertad, que ha decidido algo de una manera absolutamente equivocada. El problema es si este misterio es absolutamente irresoluble o tiene alguna posibilidad de solución históricamente hablando. ¿Cuál es la novedad que se ha introducido en la historia? Según el cristianismo, Dios no ahorró ni siquiera a su propio hijo”. Para Carrón, “el mal produce mal, y el peor mal que produce es que introduce una sospecha en relación con el misterio. Pero hay uno en el que el mal no ha vencido, Jesús de Nazaret; él va voluntariamente a Jerusalén, sabiendo conscientemente que podría acabar así. En el huerto de los olivos se ve todo el drama de Jesús, que vive en su esencialidad. Sabe que su Padre no es el problema, pero allí no aparecen ni Pilatos, ni el sanedrín, ni los sumos sacerdotes. El diálogo es con su Padre: si puedes que pase de mí este cáliz, pero que no sea mi voluntad sino la tuya. No es que quiera sacrificarse, no lo busca, pero tampoco se retira. Sin que esto le haga introducir en él la sospecha de la relación con su Padre: a tus manos encomiendo mi espíritu, perdónalos porque no saben lo que hacen”.

Julián señala entonces que “si uno no tiene la perspectiva de lo eterno, es absolutamente imposible digerir esto o tener un sentido, pero si esto abre a otra cosa, como el caso de Jesús, porque no es una pantomima, está sufriendo de verdad, la cruz y los clavos y los azotes son reales, pero nada de eso consigue romper el vínculo que le liga con su Padre. Y eso es lo que vence el mal. En ese caso el mal no vence, es derrotado por el vínculo q establece con el Padre. Vence hasta la muerte. Y esta es la posibilidad que vemos en otros, como en Massimiliano Kolbe y tantos otros”. Sin embargo, esta afirmación abre otro interrogante en Cuartango, que decide no callarse, “aunque espero no escandalizar a nadie”, precisa. “¿El padre Kolbe hubiera dado la vida por otra persona no siendo creyente? Yo creo que sí. Perdonadme, pero yo creo que no necesitamos a Dios para entender a Jesucristo. Yo afirmo que el cristianismo es revolucionario porque es una doctrina que por primera vez afirma la radical igualdad de todos los seres humanos y por eso la figura de Cristo me parece ejemplar en todos los aspectos, pero no veo a Cristo como la encarnación de la eternidad, no veo ese vínculo con Dios, ese vínculo trascendente. Creo que la figura de Cristo podría explicarse en sí mismo”.

“Delante de un hecho tan absolutamente único como Jesús, que introduce la experiencia de la persona, la dignidad, la igualdad, uno puede pensarlo teniendo como origen una persona excepcional. Es una opción”, apunta Julián. “Nosotros cristianos pensamos que esta originalidad última tiene un origen que es divino, que es el signo de Dios, porque solo lo divino tiene la capacidad de salvar todos los factores humanos con esta grandeza. O Jesús es simplemente un héroe o esa excepcionalidad es signo de algo más grande. Es una decisión de nuestra libertad. Igual que un niño delante de su madre un niño puede decir: ‘qué buena es mi madre’ o afirmar ‘mi madre me quiere’. ¿Cuál es la afirmación que más responde a todos los signos? Es una decisión de la libertad”.

Julián también quiso abordar la otra gran perplejidad señalada por Cuartango, sobre la “gracia aleatoria” que Dios concede a unos pero no a otros. “El concepto más fundamental de la revelación bíblica lo podemos entender como una arbitrariedad, por eso hay quien dice que hay que borrar de la biblia la palabra elección, porque es discriminatoria y por tanto injusta. Pero si percibimos la elección no como exclusión de otros sino como aquellos a través de los cuales puede llegar a otros esa preferencia de Dios, respetando los modos y libertad de la persona, este modo es en cambio el único capaz de respetar la libertad de la persona”. De lo contrario no sería verdad lo que dice san Pablo: “Dios quiere que todos los hombres se salven”.

Cuartango insiste. “La propia idea de la Iglesia me parece que genera dudas en ese aspecto, cuando dice que la gracia es gratuita y Dios elige. Tengo subrayada una frase tuya”, le dice a Julián: “la posibilidad de su sí no depende de los otros sino del designio de Dios y de la libertad”. Y le pregunta: “¿Por qué unos sí y otros no? ¿Por qué esa asimetría en la distribución de la fe? Yo he leído a los místicos y me pregunto por qué yo no veo lo mismo que ellos. Yo me eduqué en una familia muy católica, me eduqué en una escuela parroquial, me he imbuido en el cristianismo, pero de repente me quedé vacío, perdí esa gracia. Yo quiero creer, pero lo que veo es el vacío, el no ser, que los seres humanos somos contingentes y finitos, que estamos arrojados al mundo, podemos encontrar un sentido en la lucha pero me resulta imposible creer en la trascendencia. No es una elección, no me complace, es una especie de condena”.

Tras esta afirmación, la sala abarrotada del EncuentroMadrid quedó en silencio un instante, y Julián tomó la palabra. “Ante tu experiencia no puedo más que descalzarme, inclinarme y plegarme delante del drama de una persona que, deseando creer, no puede. No quiero disminuir ni un milímetro tu experiencia porque este drama es el de cada uno de nosotros. No es que yo ya lo tengo superado y otros siguen pedaleando. Dice Von Balthasar que creer es como nadar: para seguir a flote uno tiene que seguir nadando. El misterio no se acaba con el hecho, por ejemplo, de conocer a tu mujer; al contrario, después el misterio ha crecido, has encontrado una alteridad tan distinta que exaltaba aún más el misterio y te invitaba a adentrarte más en él, y si cayera enferma tú buscarías a un médico excepcional. Por eso no es injusto que existan personas a las que Dios da un don excepcional, es la posibilidad para nosotros. No puedo responderte más que con ejemplos de donde yo veo el bien que supone para mí una persona. Si este no es nuestro punto de partida, será una abstracción y nos parecerá injusto”.

El nivel de intensidad en el diálogo no amaina. Cuartango se deja tocar y recoge la provocación. Cita entonces a Pascal, que habla de la fe como una apuesta, “apostamos por la existencia de Dios porque si existe la ganancia es infinita y si no, no perdemos nada. ¿Es una apuesta?”. “Si tú conoces a tu mujer y la ves como un bien, es una apuesta, pero no solo”, le contesta Carrón. “Ves un bien tan grande para ti estás dispuesto a apostar porque si no pierdes la partida de la vida. Es una apuesta porque pones en juego tu libertad. Pero no es una apuesta irracional, como la ruleta rusa. Tengo delante un atractivo tan fascinante… esta es la razonabilidad de la fe. De ahí la frase de Péguy: solo quien ha encontrado una presencia tan significativa en la vida puede esperar. La fe tiene que ver con esto más que con una abstracción irracional o una apuesta ilógica, sin base alguna”. Citando a Newman, Carrón afirma que “la fe no parte de Dios, parte del yo. ¿Qué haría uno que encuentra a alguien que le permite ser él mismo?  Quien ha visto estas cosas no hace solo una apuesta sino el gesto más racional de su libertad”.

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