La instalación se propone provocar un impacto personal ante un dato de la propia experiencia, que recogen tanto la filosofía como el arte contemporáneo. En pleno “cambio de época” –se habla de transhumanismo– el rostro se resiste a ser reducido a objeto. Se impone como un sujeto. Es la más alta expresión del orden visible. Escribe Giacometti: «La aventura, la gran aventura, es ver surgir algo desconocido cada día, en el mismo rostro: es algo más grande que todos los viajes alrededor del mundo».[1] El rostro es epifanía del yo.

Somos un misterio. No solo los demás son un misterio difícilmente penetrable para nosotros, sino que nosotros mismos, para nosotros mismos, permanecemos siendo un misterio. Este misterio se asoma a la vista en el rostro. A esto se refiere el filósofo Emanuel Lèvinas cuando habla de la “epifanía del rostro”: a la manifestación a través del rostro de esa realidad mistérica.

Podemos decir que el rostro es a la vez manifestación y ocultamiento, pues mantiene siempre abierto un espacio a lo que es intocable e invisible, al misterio, en definitiva.

La presencia de un rostro no es neutral. Nos aboca a la necesidad de un diálogo: el otro se me presenta como expresión y ésta, a la vez, me interpela. Esta relación entre expresión e interpelación es la que hace nacer entre dos personas (dos misterios) un lenguaje mutuo que nunca podrá ser reducido a una relación sujeto-objeto. El yo representa la identidad y el otro, la alteridad.

El rostro del otro no nos deja nunca indiferentes, igual que mi propio rostro tampoco deja indiferente al otro. Mutuamente nos interpelamos, nos cuestionamos con nuestro lenguaje corporal primigenio recogido en el propio rostro.

Rouault nos ayuda a fijar nuestra mirada en los rostros de personas concretas que él procuró retratar ahondando en su interior, buscando retratar su alma. De sus personajes se podría decir lo que fray José de Sigüenza, historiador del Monasterio de El Escorial, dijo de otro gran pintor, el Bosco: «la diferencia que a mi parecer hay de las pinturas de este hombre a las de los otros, es que los demás procuraron pintar al hombre cual parece por de fuera; este solo se atrevió a pintarle cual es dentro»[2].

Es esencial saber que el pintor fue aprendiz de un maestro vidriero para comprender el contraste entre sus negros puros y sus colores vivos. La condición humana que recogen las pinturas de Rouault está marcada por el sufrimiento y la miseria material y moral. Estos sufrimientos serán el plomo imprescindible que en una vidriera sostiene los colores cristalinos. Estos colores hacen que el negro deje de ser protagonista y nos quede en los ojos la luz de la esperanza. Para ello es necesario que cada uno de nosotros mire cara a cara al dolor y al sufrimiento, con la crudeza de la realidad.

 

Carmen Giussani, directora de la revista Huellas

 

[1] A. Giacometti, Écrits, Michel Leiris y Jaques Dupin eds., París, Hermann, 1990, p. 84.

[2] J. De Sigüenza, Fundación del Monasterio de El Escorial por Felipe II, Imprenta Real, Madrid 1927, p. 520.

FacebookTwitterPinterestWhatsAppShare