“El hombre necesita perdonar, es una necesidad que nace de sus entrañas.” Así me lo dice Mikel Azurmendi al otro lado del teléfono, y me lo dice con la fuerza y la pasión con la que abraza siempre la realidad. “El hombre necesita perdonar.” No lo dice cualquiera: a él lo torturaron durante varios días en su casa los que habían sido sus amigos, sus compañeros, por los que se había jugado tantas veces el pescuezo en los años anteriores. Después intentarían acabar dos veces con su vida, que se sepa, y le destrozaron su carrera académica… y tantas otras cosas que ni se cuentan. Mikel Azurmendi. Una vida marcada por el hecho de que otros, a los que había querido tanto (“eran como mis hermanos”, me dijo una vez), decidieron matarlo.

“Pero Mikel”, le digo, “algo como lo que a ti te ha pasado… ¿se puede perdonar?” Esta no se la esperaba. Se para un momento, le imagino agachando la cabeza al otro lado de la línea, y enseguida escucho una voz llena de seguridad, de confianza, que sabe de qué habla: “Se puede, Marcelo. Claro que se puede.”

¿Se puede? Esta es la pregunta que me hacía delante de Alberto Franceschini, el fundador de las Brigadas Rojas, uno de los grupos terroristas más sanguinarios de la historia reciente de Europa. El IRA en Irlanda, ETA en España, las Brigadas Rojas en Italia… eran esos años de plomo que nos dejaron imágenes que jamás olvidaremos.

Franceschini pasó 18 años en prisión a pesar de no tener delitos de sangre. Tuvo un castigo ejemplar porque era uno de los fundadores, el ideólogo, el padre de aquel monstruo, las Brigadas Rojas, que asesinó a Aldo Moro, que puso en jaque al Estado italiano.

Le visito en Milán junto a mi amigo Jorge Cabrera, que viene desde Noruega. Nos pone en contacto Claudio Bottini. Es un anciano tranquilo, que habla despacio y piensa lo que dice. Su abuelo fue el fundador del Partido Comunista Italiano y a su padre lo encarceló Mussolini, así que me sorprende no encontrar en él ni un ápice de ideología, nada previsible en sus palabras. Algo distinto le ha atravesado y todo lo que dice surge de su vida y de su corazón. “Hemos decidido pedirle perdón a las víctimas.” Y enseguida añade: “Solo puedes pedir perdón si estás dispuesto a contar toda la verdad. No importa lo que pregunten.” Me impresiona Franceschini: lo que él hace en Italia lo necesitamos nosotros en nuestra sociedad, tan tensionada.

Sin embargo, sigo escéptico. Ciertamente pedir perdón es un acto de valentía, pero… ¿perdonar? , un dolor que ha determinado su existencia, que ha construido su identidad como un cristal agrietado? ¿De dónde podrá nacer esa fuerza, ese deseo de bien que excede el sentido común, la dinámica del mundo, la fuerza del odio?

Mikel me lo intenta explicar, pero al ver que no comprendo me dice: “Es que no has visto la película de Cotelo”. Tiene razón. Lo he ido dejando y todavía no la he visto, aunque mi amigo Jorge me habla de ella constantemente.

Al fin me decido, pero antes curioseo un poco por internet. Hay un vídeo de presentación, y lo primero que descubro es el encuentro entre una mujer y el asesino de su hija (seis tiros en la cabeza. Sin motivo. Sin explicación). Ella, llena de dolor –porque sigue llena de dolor, no es que perdone porque ya no le importa-, pone la mano sobre la del criminal y dice a la cámara: “Yo le he perdonado porque, ¿quiénes somos nosotros para no perdonar?” Me quedo helado. Nunca pensé en algo así.

Me llama otro amigo y me cuenta que el propio padre de Juan Manuel Cotelo fue asesinado en un ataque terrorista palestino cuando él tenía catorce años. Un hecho absurdo: lo confundieron con otro. ¿Y este hombre es el que ha filmado este increíble documental (El Mayor Regalo)? ¿Cómo es posible?

He tardado mucho en darme cuenta de que no hay nada que entender, de que no se trata de dar con el discurso aclaratorio. Y me he dado cuenta de una forma sencilla: viendo el daño que yo hago a los que tengo alrededor. Es como si llevara la piel cuarteada de concertinas que, tarde o temprano, causarán heridas. Es horrible, pero es la realidad. Nos hacemos daño, y duele. A veces duele tanto que tenemos la impresión de que esta vez el dolor será definitivo, irreversible. Sin embargo un día, un día cualquiera y sin saber muy bien por qué, el milagro acontece. Un día cualquiera vuelves a mirar a tu mujer con un afecto que no hacía tanto parecía enterrado bajo mil contiendas y rencores. Y ella, un día, un día cualquiera y aunque no hayas hecho nada especial ni te lo merezcas, te mira también con ese afecto que cada vez se forja más y más entre el fuego del sufrimiento que todos nos causamos, los unos a los otros. Y ese día Dios vuelve a vencer. Y uno no entiende nada, ni siquiera a sí mismo, pero pasa. Y ese día una nueva luz, como un nuevo amanecer –que parece otro más, pero que es completamente diferente-, nos permite contemplar el milagro cotidiano del perdón.

                                                                                                                      Marcelo López Cambronero

Profesor Agregado, Institute of Philosophy “Edith Stein”-International Academy of Philosophy

 

El acto “El rostro del otro es un bien para mí. Experiencias de perdón, reconciliación y convivencia” tendrá lugar el domingo, 6 de octubre a las 16:00 en el Pabellón de Cristal de la Casa de Campo de Madrid. Moderado por el autor de este artículo, en él dialogarán Alberto Franceschini, fundador del grupo terrorista Brigate Rosse, Juan Manuel Cotelo, director de cine y guionista, y Mikel Azurmendi, profesor de antropología en la Universidad del País Vasco.

 

 

 

 

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