Finaliza EncuentroMadrid con este panel de testimonios que presenta la periodista Cristina López Schlichting. Como ponentes tenemos a Pepe Rodelgo, profesor; Alejandro Marius, presidente de la Asociación Trabajo y Persona (Venezuela) y Onintza Pardilla Aizpurua, directora de Secundaria y Bachillerato en el Colegio Internacional Kolbe.

Para Cristina “es un privilegio encontrarnos aquí porque significa que nos tomamos en serio”. Con todas las propuestas posibles para un fin de semana, el auditorio está repleto de personas. Y esto es un hecho excepcional. En este momento se pretende ilustrar desde una experiencia humana el lema de EncuentroMadrid. Continúa López Schlichting: “La realidad es el tema y la realidad tiene lo suyo: la guerra de Ucrania, la pandemia, el cambio climático… Toda una serie de circunstancias que muchos quizá no hubiéramos soñado”. La frase de don Giussani es imponente: “La única condición para ser siempre y verdaderamente religiosos es vivir intensamente lo real”. Espeta Cristina: “¿Qué tiene que ver esta realidad con lo religioso? A veces la realidad es como un fondo de anuncio. Vivimos siempre por delante y por detrás, pero la realidad, el instante, no nos preocupa. Fuera hay algo previo a cada uno de nosotros. Algo que nos provoca. Vamos a ver qué le ha pasado a cada uno de nuestros invitados”.

Alejandro Marius, en las circunstancias tan duras de su país, podría irse de Venezuela sin ningún problema; pero ha decidido quedarse allí. Él mismo nos cuenta que Venezuela era un paraíso democrático en el 78; sin embargo, las cosas han cambiado muchísimo. Ingeniero reputado decidió dar un giro a su vida y centrarse en lo social. Su mujer, cuando le veía involucrado en causas sociales le decía que sus ojos brillaban más. Conoció a varios del movimiento de Comunión y Liberación, de la “tribu” de don Giussani y, sobre todo, a una religiosa que le empezó a hacer preguntas y le hizo descubrir que la educación, el trabajo y la relación con las personas era lo que le fascinaba. Ella le dijo que por qué no enseñaba, en un país como Venezuela, a trabajar a la gente por ellos mismos. Empezó a recorrer el país y vio los distintos tipos de trabajo que había y las distintas propuestas. Observó que, debido a la migración que sufre Venezuela constantemente de ciudadanos a otros países, la pirámide poblacional se había invertido. Se habían ido casi todos los que tenían entre 18 y 50 años. Y vio que había un campo que podía explorar: dar a las personas una formación y oportunidades para poder valerse por sí mismos y emprender. Pero él mismo nos confiesa que “no es solo la técnica de crear oportunidades, sino crear relaciones personales”. En todo este proceso de múltiples viajes para conocer distintas realidades y crear nuevos proyectos Alejandro Marius se ha encontrado con dificultades personales y de su familia. Sin embargo, ha visto que todo eso no le quitaba nada; que su corazón y su deseo permanecían intactos. “Ante todas las dificultades soy el mismo Alejandro, aunque no pueda hacer todo”.

Continúa Onintza Pardilla Aizpurua quien nos cuenta su particular historia de persecución de la razón en su vida. Para ella la felicidad era un sinónimo de no sufrir. Aunque se había educado en colegios católicos, decidió no hacer la comunión por un desencuentro con una religiosa del colegio. Sus preguntas no cesaban, pero las anestesiaba. Cuando llegó a 2º de Bachillerato se encontró a hombres y mujeres con muchas preguntas, pero decidiendo que no Dios no existía, que no había respuestas. Por lo que “con 18 años —nos cuenta- dejé de rezar y me hice agnóstica; pero el agnosticismo era un drama”. Conoció a su marido que era católico y todo siguió siendo una lucha: “No quería casarme ni bautizar a mis hijas”. Entró en el proceso de selección para ser profesora de secundaria en el Colegio Kolbe y en la entrevista, con Clara —que era directora de secundaria y bachillerato— algo le tocó hasta el punto de que llegó a decirle a su marido que quería trabajar con Clara. Pronto descubrió que este colegio era católico, de Comunión y Liberación. Con Ángel Mel, el director, le pasó algo similar porque no se sintió cuestionada ni juzgada; aunque ella en un momento, viendo que Mel era católico, llegó a manifestarle que no iba a misa ni pensaba ir.  Este no le dio ni la más mínima importancia. No encontró un ambiente hostil, sino un ambiente de respeto y libertad. “Desde el día primero me sentí muy ilusionada. Solo vi que era gente que vivía mejor yo. Educaban mirando a cada alumno y partían de la hipótesis de que la realidad era positiva. Me surgió la pregunta: ¿qué es lo que les hace vivir así?” Leyó El sentido religioso y se encontró con un hombre que se tomaba en serio las preguntas de su corazón. Pasado el tiempo le ofrecieron dar clases de español a unos seminaristas de la san Carlo Borromeo. Les hizo todas las preguntas que tenía y que no había preguntado y, misteriosamente, se las respondían. Desde ahí todo fue más luminoso para ella, más sencillo; hasta el punto de llegar a afirmar: “Han pasado 14 años desde que entré en el Kolbe y soy más libre. Soy una rescatada, acogiendo lo que tengo delante”.

Le llega el turno a Pepe Rodelgo, profesor. Comenzó a trabajar en el ejército del aire hasta llegar a ser capitán de este. Paralelamente empezó a dar clase en la parroquia de Juan Miguel Prim y descubrió que le gustaba… Y pasado un tiempo llegó a preguntarse: “¿De qué te sirve ganar el mundo?” Tenía novia y aunque iban a casarse algo se interpuso en su camino que deseaba más que aquello y se fue a vivir con los Memores Domini, un grupo de consagrados laicos de CL. En unos ejercicios de los Memores dieron un aviso de que se necesitaba gente en América y se sintió llamado.  Vio a don Giussani antes de irse en el 2005 y él, al escuchar que Pepe se iba a Estados Unidos le dijo: “Forza”. Pese a que hubo dificultades y quiso huir los primeros meses, pasó muchos años en América hasta que de manera fortuita, por un accidente, le  descubren un cáncer y se vuelve a España. Regresa a casa, con su hermanos de fe, y allí empieza a llamar a su enfermedad “hermano cáncer”. Don Giussani les había dicho que mirasen con ternura todo lo que había dentro de ellos mismos. “Y la casa donde vivo es una posibilidad de poderlo mirar como una gracia. Tener cáncer hace que saque lo mejor de mí. Veo los frutos de mi vida. El instante tiene un valor infinito. El cáncer me ha hecho experimentar que se vence el miedo”. Finaliza su intervención con unas palabras que utilizaba don Giussani: “En la sencillez de mi corazón te he dado todo con alegría, Señor”.

Cristina concluye conmovida y agradecida: “Al final de este acto me queda un silencio: este cáncer es un nuevo inicio. Cualquier realidad, la realidad de cada uno de nosotros, puede ser el escenario de tu aventura. Esa aventura permite verificar la hipótesis de un bien presente, de un bien que se ha hecho carne. La finalidad de la aventura es una vida con sentido. Salgamos a vivir esta aventura”.

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